¿Para qué sirve pegar las etiquetas de los medicamentos en las farmacias?
En las farmacias españolas, cuando se dispensa un medicamento financiado por el sistema público, se recorta la etiqueta del envase y se pega en una hoja de control o en el documento de facturación que la farmacia presenta al Servicio de Salud. Esa etiqueta conserva datos esenciales —nombre del fármaco, dosis, código nacional, lote y fecha de caducidad— y, al quedar adherida al papel, se convierte en prueba documental de la dispensación realizada.
El procedimiento garantiza la trazabilidad del producto, permite justificar la entrega ante la administración y facilita el control en caso de retirada de lotes o auditorías. Aunque hay sistemas digitales capaces de registrar la dispensación de forma automatizada, el método físico persiste porque asegura la validez administrativa y contable en la relación entre farmacias y el sistema público de salud.
Así, se justifica ante el sistema público de salud qué medicamentos se han entregado, con qué características y en qué condiciones, además de facilitar el control en caso de retirada de lotes o alertas sanitarias.
La burocracia en papel
La hoja con etiquetas pegadas es más que un simple archivo: constituye el soporte que valida la dispensación y asegura que cada medicamento queda registrado con precisión. Es un mecanismo que protege al paciente frente a errores y que, al mismo tiempo, permite a la farmacia reclamar el pago de la dispensación. La burocracia se materializa en papel, con tijeras y celo como herramientas de control.
Un método sin caducidad
Aunque cumple su función, resulta llamativo que el procedimiento se mantenga idéntico al de hace más de medio siglo. La imagen de una hoja con etiquetas pegadas podría pertenecer a los años 70 sin que nadie notara la diferencia. La rutina se ha convertido en símbolo de continuidad, pero también de inmovilismo en un sector que, en otros ámbitos, sí ha abrazado la digitalización.
Etiquetas. ¿Modernización pendiente?
En plena era digital, donde la trazabilidad puede automatizarse con códigos QR, bases de datos compartidas y registros electrónicos, el método del recorte físico parece una reliquia resistente.
Hay sistemas informatizados que permiten registrar la dispensación directamente desde el software de gestión farmacéutica, vinculando el lote y el producto al historial del paciente o al expediente de facturación.
Sin embargo, esa modernización no ha llegado a la práctica diaria. El papel sigue siendo el soporte dominante, no por eficiencia, sino por inercia, falta de interoperabilidad y escasa inversión en soluciones integradas. La persistencia del método refleja una resistencia estructural al cambio. Si el objetivo es mejorar la eficiencia, reducir errores y facilitar auditorías, la modernización del proceso no debería ser una opción, sino una urgencia.




