Presentamos hoy en Inventores a un precursor, a unos de esos hombres que son imprescindibles para el desarrollo científico: Francisco Salvá Campillo.
Francisco Salvá. Formación e inquietudes
Nació en Barcelona en 1751, en el seno de una familia acomodada vinculada a profesiones liberales. Su padre, médico, le ofreció desde muy temprano un entorno intelectual donde la ciencia era parte de la vida cotidiana.
Ese ambiente doméstico, unido a la efervescencia cultural de la Barcelona ilustrada, moldeó un perfil poco frecuente en la España del siglo XVIII: un médico con vocación experimental y una mirada abierta a la tecnología emergente.
Su formación fue amplia y cosmopolita. Estudió en Valencia, Huesca y Toulouse y completó su preparación en Madrid. Ese itinerario académico le permitió entrar en contacto con corrientes médicas europeas que combinaban la tradición hipocrática con los avances de la física y la química modernas. Salvá absorbió ese espíritu integrador y lo aplicó a su práctica: entendía la medicina como un campo que debía articularse con la física, la meteorología y la ingeniería.
Durante esos años ya se advierte un rasgo que lo acompañaría toda su vida: la convicción de que la ciencia debía servir a la sociedad y que su utilidad dependía de la capacidad de comunicarla y aplicarla.
Sus actividades
Instalado en Barcelona, ejerció como médico clínico, pero su actividad desbordó pronto los límites de la consulta. Fue miembro destacado de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, donde presentó memorias sobre temas tan diversos como la electricidad, la meteorología, la vacunación o la fisiología.
Su curiosidad era transversal. Observaba, experimentaba y proponía mejoras prácticas: desde métodos para perfeccionar la incubación artificial hasta estudios sobre el clima y la salud pública. En un tiempo en que la especialización aún no había fragmentado el saber, Salvá encarnó el ideal ilustrado del científico versátil.
Aportaciones a la medicina
En el ámbito estrictamente médico, destacó por su defensa temprana de la vacunación jenneriana y por su interés en la fisiología respiratoria. Fue un clínico atento a la observación directa y a la recopilación sistemática de datos, lo que lo situó en la línea de la medicina empírica que se consolidaría en el siglo XIX.
Su labor en la lucha contra epidemias y su insistencia en la higiene pública muestran un compromiso con la salud colectiva que, sin ser excepcional en la Europa ilustrada, sí resultaba avanzado en el contexto español.
El telégrafo eléctrico
La aportación por la que hoy se le recuerda con mayor frecuencia es su proyecto de telégrafo eléctrico, presentado en 1804. No fue el primero en imaginar la transmisión eléctrica de información, pero sí uno de los pioneros en formular un sistema coherente, técnicamente viable y conceptualmente moderno.
Su propuesta consistía en un conjunto de hilos conductores que, mediante descargas eléctricas, permitían comunicar letras a distancia. Aunque rudimentario comparado con los sistemas que triunfarían décadas después, el proyecto de Salvá anticipaba la lógica del telégrafo electromagnético y situaba a la ciencia española en una conversación internacional que rara vez lideraba.
Francisco Salvá. Legado
El legado de Francisco Salvá Campillo no reside en una gran obra fundacional, sino en la suma de contribuciones que, juntas, revelan una actitud científica poco común en su tiempo: curiosidad metódica, apertura intelectual y voluntad de servicio público. Su figura representa la posibilidad —a menudo frustrada en la España de su época— de una modernidad ilustrada capaz de integrar ciencia, técnica y bienestar social.
En un país donde la investigación solía quedar relegada, Salvá fue un ejemplo de rigor y de ambición intelectual. Su trabajo no transformó por completo la historia de la ciencia, pero sí dejó una huella clara en la medicina, la comunicación y la cultura científica.
Nota sobre la ilustración. Que una placa pública de 1958 esté escrita íntegramente en catalán desmonta, por sí sola, el dogma que algunos repiten hoy con una seguridad casi litúrgica: la idea de que el catalán habría sido borrado por el franquismo de cualquier espacio visible.
Esa afirmación no resiste ni un minuto de contraste con la documentación real. Lo que revela esta placa —como tantos otros testimonios materiales— es que quienes sostienen ese relato no buscan entender el pasado, sino reducirlo a un eslogan manejable. La historia exige matices; quienes la convierten en consigna lo hacen porque los matices y los hechos les resultan incómodos.



