La palabra parusía parece, a primera vista, un término reservado a especialistas, pero basta acercarse a su historia para descubrir que nombra algo decisivo: la manera en que la presencia de Jesucristo estructura el tiempo entre lo que ya fue y lo que aún viene.
No es una rareza erudita, sino una clave para entender cómo la tradición cristiana ha pensado la espera, la promesa y la transformación del mundo.
Parusía. Etimología
Procede del griego παρουσία, que en su uso cotidiano significaba simplemente presencia, llegada, estar junto a.
Antes de convertirse en un término solemne, designaba la irrupción física de alguien en un espacio: la presencia que modifica el aire. Esa raíz doméstica es esencial para entender lo que vendrá después: la parusía no es, en su origen, un misterio, sino un hecho tangible.
Significados: la venida de Jesucristo
El cristianismo primitivo tomó esta palabra común y la elevó a su sentido más decisivo: la parusía es la venida de Jesucristo, no como recuerdo, sino como acontecimiento futuro que ilumina el presente. En los textos del Nuevo Testamento, la parusía no es un rumor ni una metáfora: es la promesa de que Cristo volverá para consumar lo que su primera llegada inauguró.
La palabra conserva, sin embargo, su doble filo: llegada futura y presencia actual. Cristo viene, pero también está.
Usos: entre la espera y la presencia
En la tradición cristiana, la parusía no es solo un punto final del tiempo, sino una forma de vivirlo. La espera no es pasiva: es una tensión que estructura la vida de las comunidades.
La parusía se convierte así en un modo de percepción: lo que se espera ya actúa, lo que vendrá ya transforma. Por eso la palabra aparece en sermones, en cartas apostólicas, en tratados teológicos y en la liturgia, siempre como un horizonte que sostiene.
Parusía: un término que no se desgasta
Fuera del ámbito teológico, parusía sobrevive como un fósil luminoso: extraño, sí, pero intacto. No ha sido erosionado por el uso cotidiano y por eso conserva su filo conceptual. Cuando aparece en filosofía, en literatura o en crítica cultural, lo hace para nombrar aquello que se aproxima sin ruido pero con autoridad, aquello que reordena la vida desde dentro. Su rareza la protege; su densidad la mantiene viva.
Corolario
La parusía, además de extraña, merece ser rescatada del olvido porque nombra algo que nuestro tiempo ha dejado sin lenguaje: la idea de una presencia que orienta el futuro sin anular el presente.
Esta palabra recuerda que la espera no es pasividad, sino forma de atención; que el tiempo no se agota en lo que vemos; que la historia puede abrirse hacia algo más que su propio ruido.
Recuperarla es una forma de devolver al pensamiento una dimensión que hemos adelgazado: la posibilidad de que lo decisivo aún esté por llegar y, sin embargo, ya actúe.




