Traemos a Artes y oficios una profesión que durante décadas pareció condenada a la nostalgia pero que ha regresado con fuerza inesperada: el barbero.
Su historia, entre la artesanía, la medicina popular y el ritual social, explica por qué este oficio antiguo vuelve a ocupar un lugar central en la cultura urbana.
Barbero. Orígenes de un oficio doble
El barbero nació como una figura híbrida: artesano de la apariencia y, al mismo tiempo, sanador de urgencias.
En la Europa medieval, cuando la medicina académica era escasa y cara, el barbero‑cirujano ocupó un espacio esencial. Afeitar, cortar el pelo, sangrar, extraer muelas o aplicar ventosas formaban parte de un mismo repertorio práctico. Su presencia era cotidiana y su autoridad, reconocida.
El oficio se transmitía por aprendizaje directo, en talleres donde la destreza manual valía tanto como el conocimiento empírico del cuerpo humano. Con el tiempo, la cirugía se profesionalizó y se separó de la barbería, pero la memoria de aquella doble función quedó incrustada en la cultura popular.
Etimología y resonancias del nombre
La palabra barbero procede del latín barba, barba, y designa desde muy temprano al especialista encargado de su cuidado. La raíz es tan transparente que ha sobrevivido sin apenas variaciones en las lenguas romances.
El término conserva un eco de proximidad física y confianza: el barbero es quien toca el rostro, quien maneja la navaja junto a la piel, quien conversa mientras transforma. Esa intimidad lingüística explica en parte la persistencia del oficio incluso cuando parecía condenado a desaparecer.
De la Edad Moderna al declive
Durante los siglos XVII y XVIII, la barbería se consolidó como espacio social. No era solo un lugar donde cortarse el pelo, sino un punto de encuentro masculino, un pequeño foro donde circulaban noticias, rumores y opiniones.
La llegada del siglo XX, sin embargo, trajo consigo la estandarización del afeitado doméstico, la irrupción de las maquinillas de seguridad y, más tarde, las eléctricas. La barbería tradicional perdió terreno frente a las peluquerías unisex y los servicios rápidos. En muchas ciudades, el oficio quedó reducido a unos pocos locales envejecidos, sostenidos por clientelas fieles y un aire de resistencia.
Curiosidades de una tradición persistente
El famoso poste de barbería —la espiral roja y blanca— procede de la antigua práctica de la sangría: el rojo simbolizaba la sangre, el blanco las vendas, y el movimiento helicoidal evocaba el torniquete. En algunos países se añadió el azul, quizá por influencia heráldica o para diferenciarlo de símbolos médicos.
También es curioso que, pese a su aparente simplicidad, el sillón de barbero haya sido históricamente una pieza de ingeniería: reclinable, estable, adaptable, diseñado para sostener la cabeza con precisión quirúrgica. La barbería, en definitiva, siempre ha sido un espacio donde la técnica y el ritual se entrelazan.
El renacimiento contemporáneo
El resurgir del barbero en el siglo XXI no es casual. Responde a una mezcla de nostalgia, búsqueda de identidad y rechazo a la homogeneización estética.
La cultura hipster primero, y después una sensibilidad más amplia hacia el cuidado personal masculino, devolvieron prestigio a la barba y al afeitado clásico. Las navajas rectas, los aceites perfumados, las toallas calientes y los rituales lentos recuperaron un aura de artesanía que contrasta con la velocidad del consumo cotidiano. A lo que se suma la estética del local: madera, cuero, metal, un aire de taller antiguo que funciona como refugio sensorial y como marca.
Barbero, un oficio con futuro
Hoy la barbería vive un momento de expansión que combina tradición y reinvención. Los barberos contemporáneos ya no son cirujanos, pero sí herederos de un linaje que mezcla técnica, conversación y cuidado.
Su éxito actual demuestra que ciertos oficios, incluso cuando parecen extinguirse, conservan un núcleo de sentido capaz de renacer cuando la sociedad vuelve a necesitarlos. La barbería, con su mezcla de precisión, cercanía y ritual, ha encontrado de nuevo su lugar en un mundo que busca experiencias más humanas y menos desechables.




