María Chivite aparece en la vida pública como un personaje que podría haber salido de una novela costumbrista navarra: sonrisa de protocolo, tono prudente y una habilidad casi coreográfica para esquivar preguntas sin perder la compostura.
Si la política fuera un baile, ella ejecutaría un vals lento: tres pasos adelante, dos atrás, giro suave y una mirada al público que pretende transmitir serenidad incluso cuando el guion se complica. Su figura tiene algo de funcionaria aplicada que, de pronto, se encuentra presidiendo Navarra y decide que lo mejor es comportarse como si siempre hubiera estado destinada a ese cargo. La ambición existe, pero está cuidadosamente barnizada de cortesía institucional.
Chivite: episodios pintorescos
Su trayectoria pública ha dejado momentos que la prensa recogió con entusiasmo. Uno de los más célebres fue su defensa de la normalidad democrática al formar gobierno con el apoyo indirecto de EH Bildu. La frase se convirtió en titular, meme y munición política. En clave literaria, la normalidad en Navarra es un concepto elástico y Chivite lo estiró hasta que casi chirrió.
A esa elasticidad se suma un dato político que conviene no olvidar: Chivite era la máxima dirigente del PSOE navarro en los años en que Santos Cerdán, Koldo García y compañía operaban en el ecosistema socialista navarro que acabaría salpicado por la trama investigada en los tribunales. No hay resolución que la vincule a esos hechos, pero su liderazgo coincidió plenamente con el caldo de cultivo político en el que aquella red se movía con soltura. Y las casualidades no existen…
Otro episodio recurrente es el de las promesas previas a las elecciones: aseguró que no pactaría con Bildu y después pactó. La hemeroteca, siempre implacable, la retrató pasando por delante del espejo como si no se reconociera en él.
Durante la plandemia, defendió restricciones estrictas, pero luego apareció en actos festivos que generaron críticas por incoherencia. Nada grave, pero sí muy propio del costumbrismo navarro: la presidenta que pedía prudencia mientras sonaban los txistus.
(In)capacidad para asumir el cargo
Su conocimiento de la política navarra es profundo: lleva décadas en ella y domina los equilibrios de un ecosistema fragmentado. Tiene habilidad para negociar, para sobrevivir y para mantener una estabilidad institucional que, en Navarra, nunca es trivial. Sin embargo, su liderazgo es más reactivo que propositivo.
Gobierna gestionando equilibrios, no marcando rumbo. Su dependencia de apoyos externos la coloca en una posición frágil y su discurso cambia según la coyuntura, lo que erosiona credibilidad. Es eficaz en la administración del día a día, pero menos convincente cuando se trata de proyectar un horizonte político propio.
¿Es oclócrata?
La oclocracia implica gobernar según impulsos de la masa, del tumulto o del clamor popular. Chivite no encaja en esa definición clásica: es institucionalista, prudente y calculadora.
Sin embargo, practica una variante peculiar de oclocracia delegada, en la que el clamor no procede de la calle, sino de los equilibrios partidistas y de las presiones internas de su propio bloque. Sus decisiones más polémicas no nacen del ruido ciudadano, sino de pactos discretos que actúan como una multitud invisible. Si se la critica, suele ser por esas alianzas que condicionan su rumbo, más que por entregarse al pueblo.
¿Sirve al pueblo navarro? Sirve a los intereses concretos de una parte —mínima— del pueblo navarro.
¿Es delincuente?
No hay hoy ninguna sentencia condenatoria contra ella. No se la puede llamar delincuente pero, probablemente, se podrá.
María Chivite. Curiosidades
Es sobrina de Fermín Chivite, histórico dirigente socialista navarro, lo que sitúa su carrera dentro de una tradición familiar reconocible. Empezó en política muy joven, como concejal con 25 años. Su estilo comunicativo mezcla la serenidad de una profesora de instituto con la formalidad de una portavoz institucional.
En Navarra, su apellido es casi una marca registrada del PSN.




