Como nos comprometimos en la presentación de la sección ¿Qué comemos?, hoy presentamos la entrega dedicada a un alimento singular: el gazpacho
El gazpacho es una de esas preparaciones que parecen sencillas hasta que uno intenta explicarlas. No es solo una sopa fría, ni un remedio contra el calor, ni un símbolo andaluz: es una construcción cultural que ha mutado durante siglos, un plato que nació pobre y hoy se sirve en copas de diseño.
Su historia es tan líquida como su textura, y su identidad, tan discutida como su receta.
Gazpacho. Origen
El gazpacho primitivo no tenía tomate, ni pepino, ni pimiento. Era una mezcla humilde de pan duro, aceite, vinagre, agua y ajo, consumida por jornaleros andaluces desde tiempos remotos.
Algunos rastrean su raíz hasta las preparaciones romanas elaboradas en mortarium, donde pan, ajo y aceite se majaban como base de sopas y aliños; otros la vinculan a tradiciones árabes de pan remojado y aliños avinagrados.
Lo cierto es que el gazpacho, tal como lo entendemos hoy, no aparece hasta que el tomate —recién llegado de América— se normaliza en la cocina popular entre los siglos XVIII y XIX.
No tiene inventor, y esa es parte de su fuerza. El gazpacho es una creación colectiva, un plato de supervivencia que fue afinándose en manos anónimas. No hay un padre del gazpacho, sino generaciones de campesinos que ajustaron proporciones según lo que había en la huerta. Su autoría es tan difusa como la de cualquier tradición oral: pertenece a todos y a nadie.
Etimología
El término gazpacho procede del mozárabe gazpáčo, derivado del prerromano caspa, que significaba trozo o fragmento. El nombre aludía originalmente a una mezcla de ingredientes desmenuzados —pan, ajo, aceite, vinagre— mucho antes de que el tomate entrara en escena.
Curiosidades
El gazpacho fue durante mucho tiempo un plato despreciado por las élites, que lo consideraban comida de pobres. Su salto a la alta cocina llegó tardíamente, cuando cocineros del siglo XX empezaron a reinterpretarlo.
En algunos pueblos andaluces se servía en dornillos de madera para que todos comieran del mismo recipiente, un gesto comunitario que hoy resulta casi arqueológico.
Y durante décadas, en zonas rurales, se preparaba sin triturar: se majaba a mano, lo que daba una textura más rústica y menos uniforme.
Usos del gazpacho
Aunque hoy se bebe como un refresco nutritivo, el gazpacho ha tenido múltiples funciones. Fue alimento energético para faenas agrícolas, hidratación en jornadas de sol extremo y, en ocasiones, sustituto de una comida completa.
En la cocina contemporánea se usa como aperitivo, como base para salsas frías, como contrapunto ácido en platos de pescado o incluso como ingrediente para helados salados.
Anécdotas
Hay viajeros del siglo XIX que describen el gazpacho con fascinación y desconcierto. Washington Irving, por ejemplo, lo menciona en sus relatos sobre Andalucía, sorprendido por la costumbre de beber una sopa roja y fría en pleno verano.
También se cuenta que algunos toreros lo tomaban antes de la corrida para mantenerse ligeros y frescos, aunque la veracidad de esta costumbre es discutible.
Formas de comerlo
El gazpacho admite tantas formas como cocinas. Hay quien lo bebe helado en vaso, quien lo sirve en plato con tropezones, quien lo espesa hasta casi convertirlo en una crema y quien lo aligera hasta que parece agua coloreada.
En algunas casas se acompaña con uvas o melón; en otras, con huevo duro o jamón.
La textura es un campo de batalla: desde el puré sedoso de batidora industrial hasta el majado grueso que reivindican los puristas.
Polémicas del gazpacho
Pocas recetas generan tanta discusión. ¿Debe llevar pan o no? ¿El pepino es imprescindible o un intruso? ¿El pimiento verde es obligatorio o prescindible? ¿El vinagre debe sentirse o apenas insinuarse?
Cada familia defiende su versión como si fuera la original, aunque ninguna lo es del todo. Y luego está la gran herejía contemporánea: el gazpacho industrial. Para algunos, una solución práctica; para otros, una traición embotellada.



