Traemos a Artes y oficios una profesión que sostuvo durante siglos la arquitectura jurídica de nuestras sociedades, dejando en cada protocolo la huella exacta de cómo vivían, pactaban y se entendían quienes nos precedieron.
El escribano. Sus orígenes
La figura del escribano aparece en las primeras civilizaciones que desarrollaron escritura y administración. En Mesopotamia, los ṭupšarrū dominaban la escritura cuneiforme y registraban transacciones, censos y decisiones políticas. En el Egipto faraónico, los seshe eran una élite instruida que garantizaba la continuidad del Estado mediante la copia y conservación de documentos. Aunque en el mundo grecorromano, no existió un equivalente exacto, los scribae y notarii cumplían funciones similares: redactar actas, contratos y registros judiciales.
La Edad Media europea consolidó la profesión. En los reinos cristianos peninsulares, el escribano se convirtió en un funcionario público indispensable para la administración de justicia y la vida económica.
Con las Partidas de Alfonso X (siglo XIII), la figura del escribano quedó regulada estableciendo requisitos de formación, juramento, responsabilidad y control. Desde entonces, el escribano fue pieza clave en la producción documental de la Corona de Castilla y, más tarde, en la Monarquía Hispánica.
Funciones
El escribano actuaba como fedatario público: su intervención otorgaba autenticidad, validez y fuerza probatoria a los documentos. Redactaba contratos, testamentos, poderes, ventas, capitulaciones matrimoniales y actas judiciales. Custodiaba protocolos —los libros donde se copiaban y conservaban los documentos autorizados— y garantizaba su integridad.
En el ámbito judicial, levantaba actas de audiencias, diligencias y sentencias, asegurando que el proceso quedara registrado de forma fiel.
Su papel no era mecánico. El escribano debía conocer el derecho vigente, asesorar a las partes sobre la forma correcta de los actos jurídicos y evitar cláusulas nulas o perjudiciales. Su función combinaba técnica, responsabilidad y una fuerte dimensión ética, pues su firma equivalía a una garantía pública.
Características y formación
El acceso a la escribanía exigía alfabetización avanzada, dominio de fórmulas jurídicas y capacidad para redactar con precisión. En la Edad Moderna, el oficio se obtenía mediante examen ante el Consejo Real o por compra de oficios, pero incluso en estos casos se requería demostrar competencia técnica. El escribano conservaba sus protocolos durante décadas y respondía personalmente por errores, falsedades o pérdidas documentales.
La escritura del escribano, lejos de ser un mero rasgo caligráfico, seguía convenciones estrictas: abreviaturas normalizadas, fórmulas fijas y un estilo jurídico que garantizaba claridad y uniformidad. La paleografía moderna permite identificar escribanos concretos por su ductus, lo que ha convertido sus manuscritos en una fuente histórica de enorme valor.
Usos sociales y económicos
La sociedad preindustrial dependía del escribano para formalizar cualquier acto con trascendencia jurídica. En las ciudades, los escribanos de número tenían competencia exclusiva en su demarcación; en el ámbito rural, actuaban como notarios locales.
En América, tras la conquista, la Corona implantó el modelo castellano. Los escribanos fueron esenciales para la administración virreinal, la organización de cabildos y la documentación de transacciones entre indígenas, colonos y autoridades.
Escribano. Curiosidades
Aparecen con frecuencia en la literatura del Siglo de Oro, a menudo como personajes meticulosos, formales o incluso caricaturizados por su apego a las fórmulas. Cervantes, Quevedo y Lope de Vega los mencionan como figuras reconocibles.
En los archivos históricos se conservan protocolos notariales que permiten reconstruir la vida cotidiana con gran precisión: precios de alimentos, conflictos vecinales, inventarios domésticos, dotes, pleitos y hasta supersticiones. La continuidad de estos registros convierte a los escribanos en uno de los pilares de la memoria documental de España y América.
Transformación y desaparición
La profesión no desapareció, pero sí cambió de nombre y estructura. En España, las reformas del siglo XIX —especialmente la Ley del Notariado de 1862— sustituyeron la figura del escribano por la del notario moderno. Este heredó sus funciones esenciales: dar fe pública, redactar documentos y custodiar protocolos. La palabra escribano quedó relegada al ámbito histórico, literario y archivístico.
En Hispanoamérica, el proceso fue similar, aunque con ritmos distintos según el país. En algunos lugares, el término escribano se mantuvo más tiempo como denominación oficial.
La profesión hoy
Aunque el nombre haya cambiado, la esencia del oficio persiste. El notario contemporáneo continúa siendo un jurista especializado cuya intervención otorga seguridad jurídica y autenticidad documental. La digitalización ha transformado parte del trabajo —protocolos electrónicos, firma digital, archivo informatizado—, pero la función de fe pública sigue siendo insustituible.
En el ámbito académico, la figura del escribano es objeto de estudio en la historia del derecho, la paleografía, la archivística y la historia social. Los protocolos notariales se han convertido en una de las fuentes más ricas para investigar la vida cotidiana desde la Edad Media hasta el siglo XIX.
Escribano. Conclusión
El escribano no fue un simple copista: fue un garante de la legalidad, un mediador entre el derecho y la sociedad y un custodio de la memoria documental.




