Llega a Artes y Oficios el barquillero, un oficio que, mezclando destreza, ingenio y tradición callejera, sigue crujiendo entre la historia y la supervivencia.
Nombre: el diminutivo es profesión
Barquillero procede de barquillo, y barquillo a su vez del latín barca, por la forma de pequeña embarcación que recordaba la oblea enrollada.
Es decir, el barquillo no se llama así por capricho poético, sino porque alguien, en algún momento del Siglo de Oro, miró una oblea cilíndrica y dijo: Oh, esto parece una barquita. A partir de ahí, el sufijo -ero hizo lo suyo: designar al que fabrica, vende o vive de aquello. El barquillero, por tanto, no es un poeta ambulante del dulce —aunque a veces lo parezca—, sino el profesional encargado de producir y despachar esos cilindros crujientes que acompañaron a generaciones enteras en ferias, romerías y paseos urbanos.
Entre el pregón y la destreza
La figura del barquillero se consolidó en los siglos XVIII y XIX, cuando la venta ambulante se convirtió en una forma de economía popular tan extendida como necesaria. El barquillero era un personaje reconocible: uniforme modesto, caja de latón colgada al pecho, y un pregón que mezclaba oficio y espectáculo.
Su herramienta más icónica, la ruleta o trompo de la suerte, no era un simple reclamo lúdico: era una estrategia comercial impecable. El cliente pagaba por un barquillo, pero podía ganar dos, cinco o ninguno. El barquillero, por su parte, confiaba en la estadística, que siempre ha sido más fiable que la buena voluntad del público.
La elaboración del barquillo exigía una mezcla de técnica y paciencia: masa ligera, plancha caliente, giro rápido antes de que la oblea se enfriara. Un proceso sencillo en apariencia, pero que requería la precisión de un relojero y la resistencia térmica de un herrero.
Barquillero. Declive y reinvención
El barquillero comenzó a desaparecer cuando la industria alimentaria convirtió el barquillo en un producto empaquetado, estandarizado y disponible en cualquier supermercado. La venta ambulante perdió terreno frente a la regulación municipal y la ruleta dejó de competir con los reclamos electrónicos de las ferias modernas.
Sin embargo, el oficio no murió: se volvió residual, casi ceremonial. Hoy el barquillero aparece en fiestas patronales, mercados históricos y recreaciones culturales. Su presencia funciona como un recordatorio de una economía más directa y de un tipo de vendedor que sabía que la mitad del negocio estaba en la sonrisa y la otra mitad en el crujido.
Algunos barquilleros contemporáneos han optado por la reinvención: talleres de elaboración artesanal, presencia en ferias gastronómicas, colaboraciones con heladerías de autor. Así, el barquillo, que parecía condenado a la nostalgia, ha encontrado un pequeño nicho en la cultura del producto artesanal, donde la tradición vuelve a tener valor comercial.
Barquillero: el crujido que resiste
La profesión de barquillero es hoy una rareza viva, un oficio que sobrevive más por su carga simbólica que por su rentabilidad. Pero ahí está su encanto: en un mundo saturado de pantallas, algoritmos y envases al vacío, todavía queda espacio para alguien que ofrece un cilindro de masa dulce, una ruleta que gira y un instante de infancia recuperada.
El barquillero actual ya no recorre las calles con su caja al pecho, pero conserva la capacidad de recordarnos que la historia también se come.




