Feltrinelli, editor criminal

Giangiacomo Feltrinelli (1926-1972) nació en el seno de una de las familias más ricas de Italia, un entorno que parecía predestinarlo a una vida de privilegio y estabilidad. Sin embargo, desde muy joven se sintió atraído por el comunismo y por la idea de que la riqueza heredada era incompatible con la justicia social.

Su compromiso político lo llevó a militar en la izquierda italiana de posguerra, pero pronto consideró insuficiente la vía institucional. Mientras financiaba proyectos culturales y sociales, también se acercaba a círculos revolucionarios internacionales, convencido de que Europa se dirigía hacia un conflicto inevitable entre capitalismo y socialismo.

Feltrinelli, el editor criminal

Antes de convertirse en figura clandestina, Feltrinelli dejó gran huella en el mundo editorial. Fundó en 1954 la editorial que lleva su apellido, una de las más influyentes de Europa. Su visión era audaz: publicar obras que otros consideraban políticamente peligrosas o comercialmente inviables.

El caso más célebre fue Doctor Zhivago, de Borís Pasternak, que Feltrinelli publicó desafiando presiones tanto del bloque soviético como de sectores conservadores occidentales. También impulsó El Gatopardo, obra maestra que otros editores habían rechazado. Su catálogo combinaba literatura de alto nivel con textos políticos que buscaban agitar el debate público.

Radicalización y clandestinidad

La deriva clandestina de Feltrinelli no puede entenderse sin el clima político de la Italia de finales de los sesenta, un país atravesado por huelgas, tensiones sociales y el temor —real o imaginado— a un giro autoritario. Convencido de que la democracia italiana estaba amenazada, Feltrinelli impulsó los  Gruppi di Azione Partigiana (GAP), una organización armada que concebía como una fuerza de resistencia preventiva. Los GAP actuaban mediante sabotajes contra infraestructuras estratégicas, con la intención declarada de frenar un posible golpe de Estado. Estas acciones, ilegales y violentas, lo situaron de lleno en el terreno del terrorismo revolucionario y lo obligaron a vivir bajo identidades falsas, moviéndose entre pisos francos y contactos internacionales.

Su relación con Cuba fue decisiva en esta etapa. Allí encontró un modelo de revolución que consideraba auténtico y un espacio donde podía dialogar con figuras como el Che Guevara, a quien admiraba. Cuba le ofreció no solo inspiración ideológica, sino también una red de contactos que reforzó su convicción de que la lucha armada era una vía legítima para transformar Europa. Ese vínculo caribeño alimentó su visión de un continente al borde de una confrontación histórica entre capitalismo y socialismo y reforzó su decisión de financiar y organizar estructuras clandestinas en Italia.

Los años de plomo

En este contexto se inscriben los Años de Plomo, un periodo marcado por atentados, represión, conspiraciones reales y otras imaginadas, y una polarización que llevó a muchos militantes a cruzar la frontera entre activismo y violencia. Feltrinelli fue uno de los primeros en hacerlo desde la ultraizquierda, anticipándose a organizaciones como las Brigadas Rojas (también comunistas y criminales). Su figura encarna esa mezcla de idealismo, paranoia política y radicalización que caracterizó a una generación que creyó que la acción directa era la única respuesta posible.

Feltrinelli. El fin

El 14 de marzo de 1972, su cuerpo apareció destrozado al pie de una torre eléctrica en Segrate, cerca de Milán. La versión oficial sostiene que murió al manipular un artefacto explosivo destinado a sabotear la infraestructura eléctrica, una operación coherente con la estrategia de los GAP. Sus seguidores, sin embargo, alimentaron la hipótesis de una ejecución encubierta, argumentando que su muerte beneficiaba a quienes querían desacreditar a la izquierda radical. La falta de testigos y el clima de sospecha propio de los Años de Plomo hicieron que ambas interpretaciones convivieran durante décadas, aunque la explicación más aceptada sigue siendo la del accidente durante una acción clandestina.

Su muerte cerró una vida marcada por la contradicción: un editor que desafió a potencias desde el mundo del libro, un heredero que eligió la clandestinidad y un militante que, en nombre de la revolución comunista y, por tanto, antidemocrática, asumió la responsabilidad de actos criminales.

 

Feltrinelli, pasa desde hoy a ocupar su lugar en la prisión de Criminales y otros delincuentes junto a elementos como su amigo Guevara, Mercader, el carnicero de Albacete y a tantos otros en quienes comunismo y crimen no son accidentes, sino compañeros inseparables.

 

 

 

 

Feltrinelli, de pie frente a estanterías repletas de libros y revistas, bajo un rótulo con el nombre de su editorial.

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