María Agustín nació en Zaragoza en 1786, en el seno de una familia humilde del barrio de San Pablo.
Como tantas mujeres de su tiempo, su vida anterior a la Guerra de la Independencia apenas dejó huellas documentales. Se sabe que trabajaba como costurera y que vivía con su madre, lo que sugiere un entorno doméstico modesto pero estable. Nada hacía presagiar que, con apenas veintidós años, su nombre quedaría unido para siempre a uno de los episodios más dramáticos y heroicos de la historia zaragozana.
María Agustín. El compromiso con la defensa
Cuando las tropas napoleónicas iniciaron el primer sitio de Zaragoza en el verano de 1808, la ciudad entera se volcó en la resistencia.
María Agustín se incorporó desde el primer momento a las tareas de apoyo: transporte de agua, reparto de munición, asistencia a heridos y refuerzo de las posiciones más vulnerables. Su participación se intensificó durante el segundo sitio, cuando la presión francesa se volvió insoportable y la población civil asumió un papel decisivo en la defensa urbana.
Fue en ese contexto donde María Agustín destacó por su valentía. Su nombre aparece asociado a la defensa del Portillo, uno de los puntos más castigados por la artillería francesa. Allí colaboró en la distribución de cartuchos y pólvora y se mantuvo en primera línea incluso cuando los bombardeos hacían imposible permanecer a cubierto. Los testimonios recogidos tras la guerra la describen como una joven decidida, incansable y capaz de sostener la moral de quienes combatían a su lado.
Coraje y símbolo
El episodio más recordado de su participación tuvo lugar durante uno de los ataques más intensos contra el Portillo. Según las crónicas, cuando los defensores empezaron a quedarse sin munición, María Agustín se ofreció para atravesar una zona batida por el fuego enemigo y traer pólvora desde un depósito cercano. Lo consiguió, y su acción permitió mantener la posición durante horas decisivas. Este gesto, repetido en varias fuentes, consolidó su reputación como una de las mujeres más valientes de los Sitios.
Aunque su figura no alcanzó la proyección legendaria de Agustina de Aragón, su nombre quedó grabado en la memoria popular y en los partes militares que reconocieron su contribución.
Reconocimientos y vida posterior
Tras la guerra, María Agustín continuó viviendo en Zaragoza. Recibió una pensión por su participación en la defensa de la ciudad, un reconocimiento que, aunque modesto, demuestra que su papel fue valorado oficialmente. Su vida posterior transcurrió sin grandes sobresaltos, marcada por la discreción y por la precariedad económica que afectó a muchos supervivientes de los Sitios.
Murió en Zaragoza en 1854, a los 68 años. Fue enterrada en el cementerio de Torrero, donde su nombre figura entre los de otros defensores de la ciudad.
María Agustín en la memoria
La ciudad de Zaragoza ha mantenido vivo su recuerdo dedicándole una calle —el actual paseo de María Agustín, una de las vías principales que comienza en la Puerta del Carmen— y mencionándola en numerosas obras históricas y conmemorativas. Su figura representa la participación silenciosa pero decisiva de tantas mujeres que, sin formación militar ni expectativas de gloria, sostuvieron la resistencia con una mezcla de coraje, sacrificio y sentido de comunidad.
María Agustín, Personaje y figura, encarna, en definitiva, la dimensión civil de los Sitios: la defensa de la ciudad no como un acto heroico aislado, sino como un esfuerzo colectivo en el que cada gesto, por pequeño que fuera, contribuía a la supervivencia de Zaragoza.
Su historia, rescatada del olvido, nos recuerda que la valentía adopta muchas formas, y que algunas de las más importantes nacen lejos del protagonismo, en la voluntad firme de no abandonar a los suyos.
NOTA. La imagen que ilustra este artículo procede y ha sido extraída del Periódico de Aragón.




