Aguador: llega el agua

enero 3, 2026

Desapareció en su versión original, pero fue sustituido por otra. Hoy, en Artes y oficios, hablamos del aguador.

Aguador. Un oficio necesario

Hubo un tiempo en que el agua no llegaba a las casas, sino que llamaba a la puerta. Y quien la traía no era un funcionario ni una tubería, sino un hombre con cántaros, paciencia y un conocimiento íntimo de la ciudad. El aguador, hoy figura mítica, fue durante siglos un engranaje esencial de la vida urbana.

El oficio de aguador nace allí donde la urbanización supera la capacidad de los pozos domésticos. En las ciudades antiguas, desde Roma hasta las urbes islámicas, el agua circulaba por acueductos y fuentes públicas, pero no siempre llegaba al hogar. De esa carencia surgió el intermediario: el hombre que recogía el agua en la fuente y la llevaba a domicilio. No era un lujo, sino una necesidad cotidiana, tan básica como el panadero o el carbonero.

En la Edad Media europea, el aguador se convirtió en una figura reconocible. Su presencia era tan habitual como el sonido de sus pasos, marcados por el peso del cántaro. En muchas ciudades, su actividad estaba regulada: tarifas, puntos de carga, rutas y hasta la calidad del agua que debía transportar. El aguador era un servicio público antes de que existiera el concepto.

El aguador como figura urbana

Durante la Edad Moderna, el aguador alcanzó su iconografía más conocida. En España, Portugal y buena parte de América, se convirtió en un personaje casi literario: humilde, resistente, siempre en movimiento. Su jornada empezaba antes del alba, cuando las fuentes estaban más tranquilas y terminaba cuando la ciudad ya había apagado sus ruidos.

El aguador no solo transportaba agua: también confianza. Las familias lo conocían por su nombre, sabían de qué fuente se surtía y qué cántaros usaba. En ciudades como Sevilla, Madrid o México, algunos aguadores se hicieron célebres por la pureza del agua que ofrecían o por la regularidad de sus visitas. El oficio tenía su dignidad, su técnica y su orgullo.

El declive

El siglo XIX trajo consigo la revolución sanitaria y la ingeniería hidráulica. Las redes de abastecimiento urbano, primero modestas y luego cada vez más complejas, empezaron a llevar el agua directamente a las viviendas. El aguador, imprescindible durante siglos, comenzó a convertirse en un oficio residual.

Pero no desapareció de golpe. En muchas ciudades convivió durante décadas con las nuevas tuberías, atendiendo barrios periféricos, casas sin acometida o familias que preferían el agua de una fuente concreta. Su figura se fue adelgazando lentamente, como una sombra que se retira sin hacer ruido.

El aguador contemporáneo

Hoy el aguador tradicional es una figura histórica, pero no del todo extinguida. En algunas regiones rurales de Hispanoamérica, África o Asia, el transporte manual de agua sigue siendo una realidad cotidiana, aunque ya no se llame aguador y no vista como tal.

En las ciudades occidentales, su memoria pervive en la iconografía popular, en la literatura costumbrista y en las fotografías que captaron sus días de trabajo.

Curiosamente, el oficio ha encontrado una suerte de heredero inesperado: los repartidores de agua embotellada que abastecen oficinas y hogares. No llevan cántaros de barro ni se abastecen en una fuente pública, pero cumplen la misma función ancestral: llevar agua donde no llega por sí sola o donde se prefiere otra distinta.

Un oficio que explica una ciudad

Hablar del aguador es hablar de la relación entre la ciudad y el agua, de cómo una comunidad se organiza para sobrevivir y de cómo un oficio humilde puede sostener la vida urbana durante siglos.

Su desaparición no es un olvido, sino un síntoma de progreso: cuando el agua dejó de necesitar piernas para llegar a casa, el aguador pudo retirarse con la satisfacción del deber cumplido.

Queda su figura, cargada de humanidad y de esfuerzo, recordándonos que antes de las tuberías hubo hombres que hicieron circular la vida gota a gota.

Aguador sonriente con cántaros, caminando por una calle empedrada bajo cielo claro

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