El borgoñón no es una curiosidad sino un ejemplo de lengua con entidad propia que se deshizo en silencio, sin estridencias, sin épica y sin tragedia, pero dejando tras de sí un rastro cultural que merece ser leído.
Su historia ilumina la fragilidad de las lenguas y la facilidad con la que pueden desaparecer incluso cuando parecen sólidas. Y por eso, precisamente, merece ser contado.
El borgoñón. Voz propia en el mosaico de oïl
El borgoñón fue durante siglos una lengua con entidad plena dentro del conjunto de las lenguas de oïl. No era un acento regional ni una variedad menor del francés, sino un sistema lingüístico con rasgos propios, tradición escrita y un territorio cultural reconocible.
Su ámbito coincidía con la Borgoña histórica, un espacio político que llegó a ser uno de los centros de poder más influyentes de Europa. Allí, en cancillerías, monasterios y mercados, el borgoñón se usó con naturalidad mientras el francés estándar aún no había impuesto su hegemonía.
De la Edad Media al esplendor borgoñón
El origen del borgoñón se remonta a la evolución del latín vulgar en la región, que dio lugar a una variedad de oïl con características fonéticas y léxicas propias.
Durante la Edad Media, la lengua se consolidó en documentos administrativos, poesía y crónicas locales. La corte de los duques de Borgoña —una de las más ricas y sofisticadas del siglo XV— contribuyó a su prestigio, aunque paradójicamente también favoreció la difusión del francés cortesano, que acabaría desplazándolo.
El borgoñón convivió con ese francés emergente, pero nunca llegó a convertirse en lengua de Estado y esa diferencia de estatus marcaría su destino.
Una gramática con personalidad
El borgoñón presentaba rasgos que lo distinguían claramente del francés. Su fonética tendía a conservar sonidos que el francés suavizó o perdió y su morfología mantenía formas verbales y pronominales que hoy resultan arcaicas incluso dentro del dominio de oïl.
El léxico incluía palabras que no sobrevivieron en el francés moderno, pero que revelan una evolución autónoma. No era una desviación del estándar, sino una rama paralela. Esa autonomía gramatical es la que permite hablar del borgoñón como lengua y no como dialecto.
El retroceso
El declive del borgoñón no fue abrupto, sino progresivo y perfectamente documentado.
A partir del siglo XVI, el francés se convirtió en lengua de prestigio, de administración y de movilidad social. La centralización política francesa, la escolarización obligatoria y la presión cultural del estándar hicieron el resto.
El borgoñón quedó relegado al ámbito rural, luego a la intimidad familiar y finalmente a la memoria. No desapareció por falta de estructura, sino por falta de poder. Es el mismo proceso que arrinconó al normando, al champañés o al poitevino, pero en Borgoña tuvo un efecto especialmente profundo.
Lo que queda
El borgoñón no está completamente extinguido, aunque su vitalidad es mínima. Sobrevive en ancianos, en asociaciones culturales y en trabajos de recopilación lingüística.
Su presencia en la vida cotidiana es residual, pero su huella permanece en topónimos, apellidos y expresiones locales. No es una lengua viva en sentido pleno, pero tampoco un fósil: es un sistema que respira débilmente gracias a quienes se empeñan en que no desaparezca del todo.
Borgoñón. Lengua e historia
Hablar del borgoñón es hablar de cómo se construyen y se destruyen lenguas sin necesidad de violencia. Basta con prestigio, administración y escuela.
Una lengua puede tener tradición, estructura y literatura, y aun así desvanecerse si el contexto político la empuja hacia la irrelevancia. El borgoñón no cayó por debilidad interna, sino por la fuerza de un estándar que lo absorbió. Y entender ese proceso es entender cómo funciona la historia lingüística de Europa.




