Oficio nacido entre humo, destreza y ciudad, la cigarrera encarna una de las primeras profesiones femeninas industrializadas: un trabajo manual de precisión que moldeó fábricas, barrios y memorias. Hoy, en Artes y oficios, revisitamos su historia y su legado.
Cigarrera, oficio urbano
La palabra cigarrera designa, desde el siglo XIX, a la mujer que fabrica cigarrillos o manipula tabaco en las fábricas estatales. El término procede directamente de cigarro, voz de probable origen taíno— que llegó al español a través de los primeros contactos coloniales con el tabaco.
La feminización del oficio no es un mero accidente lingüístico: responde a una realidad laboral en la que las mujeres ocuparon, de forma masiva, los puestos de torcedoras, escogedoras y liadoras. Desde Sevilla a Cádiz, pasando por Madrid o La Habana, la cigarrera se convirtió en figura reconocible, casi un emblema urbano.
La fábrica como escenario social
Las grandes fábricas de tabacos del siglo XIX fueron auténticos microcosmos. La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, inaugurada en 1757 y convertida en la mayor de Europa, empleó a miles de mujeres.
Allí se mezclaban la disciplina industrial con una sociabilidad intensa: conversaciones, cantos, solidaridad y también conflictos. Las cigarreras cobraban un salario propio —algo excepcional para muchas mujeres de la época— y gozaban de una autonomía económica que llamó la atención de viajeros, escritores y cronistas.
Su presencia multitudinaria redefinió la idea misma de trabajo femenino y generó una iconografía duradera, que va de los grabados costumbristas a la Carmen de Mérimée y a la de Bizet, nacida de la fascinación por aquellas trabajadoras sevillanas.
Cigarreras más allá de la fábrica
En la vida urbana del siglo XIX y buena parte del XX, cigarrera se aplicó también a quienes vendían tabaco en cafés, teatros, plazas de toros, estaciones y en plena calle, cargando bandejas o cajas colgadas al cuello y ofreciendo cigarros, cerillas o tabaco picado al público.
Esa presencia móvil y visible reforzó la asociación entre lo femenino, el tabaco y la ciudad, ampliando el alcance social del término. En cualquier caso, el término tuvo un uso más amplio que el estrictamente fabril, aunque la cigarrera canónica siga siendo la trabajadora de la fábrica de tabacos.
Técnica, destreza y cultura material
El trabajo exigía una habilidad manual notable. Torcer, humedecer, cortar y liar eran gestos repetidos miles de veces, pero no mecánicos: cada cigarrillo debía mantener una densidad y una forma precisas. La destreza se adquiría por transmisión directa, de veteranas a aprendices y generó una cultura material propia: mesas de torcido, cuchillas, moldes, hojas clasificadas por textura y humedad.
En La Habana, donde el oficio alcanzó una sofisticación particular, surgió incluso la figura del lector de tabaquería, encargado de leer novelas y periódicos en voz alta para acompañar la jornada laboral, un fenómeno que influyó en la formación política y cultural de las trabajadoras.
Cigarrera. Entre mito y realidad
La cigarrera fue objeto de fascinación literaria y artística. Su imagen osciló entre la mujer libre y la mujer peligrosa, entre la trabajadora orgullosa y la figura sensualizada por la mirada masculina.
Sin embargo, la realidad era más compleja: largas jornadas, condiciones insalubres, control estricto de la producción y frecuentes tensiones laborales. Aun así, las cigarreras protagonizaron huelgas y reivindicaciones pioneras, convirtiéndose en uno de los primeros colectivos femeninos organizados del mundo industrial español.
Declive y transformación del oficio
El siglo XX trajo la mecanización del proceso de fabricación y la progresiva desaparición del trabajo manual. Las cigarreras fueron desplazadas por máquinas que podían producir miles de cigarrillos por minuto. Muchas fábricas cerraron o se reconvirtieron, y el oficio quedó reducido a pequeñas producciones artesanales, sobre todo en el Caribe y en algunos talleres especializados.
En España, el cierre de las grandes fábricas —como la de Sevilla en 2007— marcó el final de una era.
La cigarrera hoy: memoria, patrimonio y artesanía
El oficio industrial ha desaparecido pero las antiguas fábricas se han convertido en universidades, centros culturales o espacios administrativos y la figura de la cigarrera forma parte del patrimonio histórico y simbólico de varias ciudades.
En Cuba y República Dominicana subsiste la tradición artesanal y aún se valora la destreza manual y la calidad del tabaco.
Un oficio que dejó huella
La cigarrera encarna una historia de trabajo, autonomía y transformación social. Su figura atraviesa la literatura, la música, la iconografía popular y la memoria urbana.
Fue un oficio duro, pero también un espacio de libertad relativa en un tiempo que ofrecía pocas. Hoy, más que una profesión, es un símbolo: el de miles de mujeres que, entre hojas de tabaco y humo, ocuparon un lugar propio en la historia laboral y cultural del mundo hispánico.




