Efectos secundarios

enero 6, 2026

Texto íntegro de Efectos secundarios

Microrrelato de Miguel Ángel Hernández-Navarro

 

Con el lógico nerviosismo de la primera noche, el hijo del sepulturero ayudó a su padre a colocar la lápida de una tumba. Mientras sostenía el mármol, escuchó golpes y gritos en el interior del panteón. Miró a su padre con el rostro desencajado por el terror.

Pero la voz de la experiencia logró tranquilizarlo: No te preocupes. Es normal. Enseguida se les pasa.

Sobre Efectos secundarios

Publicado en Antología del microrrelato español (1906‑2011)

Efectos secundarios comienza como un rito de iniciación: el hijo del sepulturero acompaña a su padre en su primera noche de trabajo, en un clima de normalidad profesional.

La escena se quiebra cuando el muchacho escucha golpes y gritos dentro del panteón, un hecho imposible que irrumpe sin preparación y desplaza el relato hacia el horror. El lector comparte el terror del hijo, pero el giro final revela la verdadera clave del microrrelato: para el padre, esos gritos son algo habitual, un simple efecto secundario del oficio.

El texto desplaza así el foco desde lo sobrenatural hacia la inquietante naturalización del horror. La fuerza del relato reside en su sobriedad extrema y en la eficacia con que un único detalle reconfigura toda la escena.

Un ejercicio de precisión narrativa

El texto demuestra una comprensión exacta de la lógica del microrrelato: condensación extrema, un único giro semántico y un final que reconfigura la lectura. La voz narrativa es transparente, casi invisible, y permite que la escena avance con la eficacia de un mecanismo de relojería. No hay ironía explícita, pero sí un humor negro que emerge de la distancia entre la reacción del hijo y la del padre.

El resultado es un microrrelato que combina tradición gótica, humor macabro y una reflexión implícita sobre la habituación al horror. Su fuerza reside en la sobriedad: todo está dicho en pocas líneas, pero cada línea abre una grieta.

El autor: Miguel Ángel Hernández-Navarro

Miguel Ángel Hernández‑Navarro nació en Murcia en 1977 y es escritor, historiador del arte y profesor universitario. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Murcia, donde es catedrático, ha desarrollado una trayectoria académica internacional que incluye estancias como investigador en el Clark Art Institute y como miembro en Cornell University. Su investigación se centra en el arte contemporáneo, la cultura visual y las temporalidades del arte, con especial atención a las visualidades de resistencia y a las políticas de la imagen.

Esa doble condición —académico y narrador— no es un mero dato biográfico, sino el eje que articula su obra. En sus ensayos, como La so(m)bra de lo real, Materializar el pasado o El arte a contratiempo, desarrolla una reflexión crítica sobre la imagen, la memoria y el tiempo. En sus novelas y diarios, esas mismas preocupaciones se transforman en materia literaria. Su escritura, tanto en el ámbito académico como en el narrativo, se caracteriza por una atención minuciosa a los procesos de percepción, a la construcción del recuerdo y a la dimensión ética de toda representación.

Hernández‑Navarro pertenece a una generación de escritores que han hecho de la memoria un territorio de exploración estética y moral, pero su voz destaca por la precisión conceptual y la honradez emocional con que aborda ese territorio. Su obra, en conjunto, puede leerse como una indagación continua sobre cómo narramos lo que nos ha herido y cómo miramos aquello que nos constituye.

 

Desde hoy, Hernández-Navarro ocupa un lugar destacado en los Microrrelatos, como autor sobrio, exacto, sin sentimentalismos.

Efectos secundarios. Escena nocturna en un cementerio: un joven sepulturero con expresión de terror junto a su padre, que trabaja con calma junto a una tumba abierta

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