La frase que generó el clima que luego se llamó espíritu del 12 de febrero fue: Nuestro propósito es abrir cauces de participación que permitan una más amplia presencia de los españoles en la vida pública. Carlos Arias Navarro.
Cuando Arias Navarro la pronunció en televisión, el 12 de febrero de 1974, estaba intentando insuflar aire nuevo a un régimen, el franquismo, que ya mostraba signos de agotamiento.
Hoy es el quincuagésimo segundo aniversario (véase nuestro artículo El genocidio de los ordinales) de aquella comparecencia, y observarla desde una perspectiva actual permite entender tanto sus límites como su significado histórico.
El espíritu del 12 de febrero. Continuidad, no ruptura
El espíritu del 12 de febrero se presentó como una apertura, pero en realidad se trataba de un intento de reformismo controlado dentro de los márgenes del sistema franquista. La frase de Arias Navarro, cuidadosamente redactada, pretendía transmitir modernización sin alterar la arquitectura política fundamental: unidad nacional, continuidad institucional y rechazo explícito a cualquier forma de pluralismo partidista.
Aquel mensaje puede interpretarse como un esfuerzo por revitalizar el orden existente frente a las presiones internas y externas. La apelación a cauces de participación no implicaba democratización en sentido liberal, sino la búsqueda de una mayor integración social dentro de los principios del Movimiento Nacional. La reforma política que se insinuaba era, en esencia, una actualización del sistema orgánico, no su sustitución.
Lo que siguió
El discurso generó expectativas diversas, pero pronto quedó claro que el margen de maniobra era estrecho. La Ley de Asociaciones Políticas de 1974, concebida como una vía para articular corrientes internas del régimen, nació limitada y sin capacidad real para canalizar la pluralidad social que ya emergía. La crisis económica internacional, el incremento de la conflictividad laboral y la enfermedad del general Franco aceleraron la erosión del proyecto continuista.
Tras la muerte de Franco en 1975, Arias Navarro intentó mantener la línea reformista moderada, pero su propuesta quedó desbordada por la necesidad de una transformación más profunda. Su dimisión en julio de 1976 abrió paso a la reforma política liderada por Adolfo Suárez, que ya se movía en un horizonte completamente distinto.
Carlos Arias Navarro
Carlos Arias Navarro (1908–1989) fue una figura clave en los últimos años del franquismo y en los primeros compases de la Transición. Jurista de formación, desarrolló una larga carrera administrativa y política. Fue gobernador civil, director general de Seguridad y, posteriormente, alcalde de Madrid entre 1965 y 1973. Su gestión municipal estuvo marcada por un urbanismo expansivo y por la búsqueda de modernización de infraestructuras.
En junio de 1973 fue nombrado ministro de la Gobernación y, tras el asesinato de Carrero Blanco en diciembre de ese mismo año, Franco lo designó presidente del Gobierno. Su estilo, más rígido y menos carismático que el de su predecesor, le valió el apodo de el político de gesto adusto. Aun así, intentó impulsar reformas que conciliaran continuidad y adaptación, aunque sin lograr un consenso suficiente ni dentro del régimen ni en la sociedad.
Tras su salida del Gobierno en 1976, ocupó un escaño en el Senado por designación real durante la legislatura constituyente. Con el avance del nuevo sistema democrático, su figura quedó asociada al intento fallido de mantener una evolución gradual del franquismo sin ruptura.




