Aureliano Fernández‑Guerra y Orbe nació en Granada en 1816 y creció en un ambiente intelectual que marcó su vocación temprana por la historia y las antigüedades.
Estudió en la Universidad Literaria de Granada, donde obtuvo la licenciatura en Filosofía y el grado de bachiller en Leyes. Allí conoció al profesor Juan de Cueto y Herrera, cuya influencia fue decisiva para orientar su interés hacia el estudio riguroso del pasado español. Su juventud granadina estuvo marcada por la efervescencia romántica y por sus primeras incursiones literarias, especialmente en el teatro histórico.
Fernández-Guerra. Trayectoria
Su llegada a Madrid en 1844 consolidó su integración en los círculos culturales de la capital, donde se convirtió en una figura reconocible del romanticismo tardío.
Su obra dramática, sus estudios críticos y su dedicación a la investigación histórica lo situaron entre los eruditos más respetados de su tiempo. Su trabajo sobre Quevedo, que cristalizó en los volúmenes publicados en la Biblioteca de Autores Españoles, lo consagró como el primer gran quevedista moderno, capaz de reunir, ordenar y contextualizar un corpus disperso y complejo.
Actividad institucional y cargos
Fernández‑Guerra desarrolló una intensa vida institucional. Ingresó en la Real Academia de la Historia en 1856 y fue su anticuario perpetuo durante casi tres décadas, además de senador por la corporación.
Ocupó cargos relevantes en la administración, como la secretaría del Consejo de Instrucción Pública y, más tarde, la dirección general de Instrucción Pública. Su prestigio internacional se vio reforzado por su pertenencia al Instituto di Corrispondenza Archeologica de Roma, del que llegó a ser director honorario, un reconocimiento excepcional para un anticuario español del siglo XIX.
Fernández-Guerra. Académico RAE
En 1857 ingresó como académico de número de la RAE, ocupando el asiento X, vacante desde la muerte de Jerónimo de la Escosura en 1855, y tomó posesión con un discurso dedicado a Francisco de la Torre.
Su labor dentro de la corporación fue constante y decisiva: en 1872 fue elegido bibliotecario perpetuo, cargo que desempeñó hasta su muerte. Participó activamente en la investigación literaria vinculada a la Academia y tuvo un papel relevante en la gestación de la nueva sede de la institución en la calle Felipe IV, cuya construcción impulsó desde la comisión encargada de gestionar el proyecto.
Su legado
Falleció en 1894 en la propia sede académica, donde residía por su condición de bibliotecario perpetuo.
Su figura quedó asociada a una vida larga y fecunda, dedicada por completo a la erudición, la crítica literaria, la arqueología y el servicio institucional. La biografía publicada por la RAE y la RAH en 2005 subraya su influencia en la historiografía y la literatura españolas del siglo XIX, así como el reconocimiento público que obtuvo a través de honores, distinciones y responsabilidades académicas.




