Hoy, en Artes y oficios, nos detenemos en la figura del fotógrafo minutero para recorrer su origen, su evolución técnica y el lugar que ocupa hoy un oficio que estuvo a punto de desaparecer.
Fotógrafo minutero. Orígenes y expansión
El fotógrafo minutero, también llamado fotógrafo de cajón o fotógrafo de plaza, es una figura que aparece a finales del siglo XIX y se consolida durante las primeras décadas del XX.
Su técnica deriva de los primeros procedimientos fotográficos portátiles, especialmente del colodión húmedo y de las cámaras de revelado inmediato que permitían obtener una imagen en pocos minutos sin necesidad de un laboratorio fijo.
En muchos países hispanoamericanos y mediterráneos, estos fotógrafos se convirtieron en parte del paisaje urbano, instalándose en plazas, parques y paseos donde ofrecían retratos accesibles a un público que no podía costear los servicios de un estudio profesional.
El nombre minutero procede de la rapidez relativa del proceso. Aunque no siempre era cuestión de minutos estrictos, sí resultaba mucho más veloz que los métodos tradicionales. La cámara incluía un pequeño laboratorio en su interior, con bandejas para los químicos y un sistema que permitía manipular el papel fotográfico desde el exterior mediante mangas de tela opaca.
El minutero y su cámara
La cámara minutera era un dispositivo híbrido que combinaba cámara y cuarto oscuro. El fotógrafo tomaba la imagen sobre papel fotográfico directo, que producía un negativo. Ese negativo se re-fotografiaba dentro de la misma caja para obtener un positivo final. El proceso completo podía durar entre cinco y quince minutos, dependiendo de la luz, la pericia del fotógrafo y la calidad de los materiales.
El papel más habitual era el papel baritado, que se revelaba con químicos similares a los empleados en los laboratorios convencionales: revelador, baño de paro y fijador. La manipulación se hacía a través de las mangas opacas, lo que permitía trabajar en plena calle sin que la luz velara el material.
Este ingenioso sistema, documentado en países como España, México, Perú, Cuba o Marruecos, convirtió la fotografía en un servicio popular.
Usos sociales y culturales
El minutero cumplió una función esencial en sociedades donde la fotografía de estudio era un lujo. Muchas familias conservan hoy retratos realizados por estos fotógrafos ambulantes, que servían para enviar imágenes a parientes emigrados, para documentos de identidad o simplemente como recuerdo de un paseo dominical. En España fueron habituales en ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza, Sevilla o Valencia, especialmente entre los años veinte y los sesenta del siglo XX.
En Hispanoamérica, su presencia fue aún más prolongada. Así, en Lima, Ciudad de México o La Habana, los minuteros formaron parte del imaginario urbano durante gran parte del siglo XX. Su trabajo no solo tenía valor práctico, sino también simbólico: representaba la posibilidad de fijar la propia imagen en un tiempo en que la fotografía aún conservaba un aura de acontecimiento.
Curiosidades y anécdotas
Una de las particularidades del minutero era su capacidad para improvisar. Muchos construían sus propias cámaras con madera, latón y vidrio, adaptando el diseño a sus necesidades. Algunos incorporaban decorados portátiles, fondos pintados o pequeños accesorios para dar un aire más solemne al retrato. También era frecuente que retocaran las copias a mano, añadiendo color con acuarelas o lápices, una práctica documentada desde principios del siglo XX.
Otra curiosidad es que, debido a la necesidad de rapidez, los minuteros desarrollaron una técnica muy depurada para controlar la exposición sin fotómetro. La experiencia les permitía calcular la luz a simple vista, algo que hoy se considera una habilidad artesanal extraordinaria.
Declive y supervivencia
El oficio comenzó a desaparecer en los años setenta y ochenta, cuando la fotografía instantánea y los laboratorios rápidos hicieron innecesaria la presencia del minutero en las plazas.
Sin embargo, no desapareció por completo. En algunos lugares se mantuvo como tradición, como ocurre en Kabul, donde la cámara minutera (llamada kamra-e-faoree) sobrevivió hasta bien entrado el siglo XXI y fue objeto de proyectos de documentación internacional.
En España, el último minutero en activo de Barcelona, Leopoldo Pomés hijo, trabajó hasta los años noventa en la Rambla. Y en Madrid, la figura se mantuvo en el Retiro hasta comienzos del siglo XXI.
Hoy quedan artesanos y fotógrafos que han recuperado la técnica con fines artísticos, pedagógicos o patrimoniales. Talleres, exposiciones y proyectos documentales han contribuido a revalorizar este oficio como parte de la historia visual de las ciudades.
El minutero en la actualidad
En la actualidad, el fotógrafo minutero vive un renacimiento parcial gracias al interés por los procesos analógicos y la fotografía artesanal.
Hay colectivos que construyen cámaras minuteras siguiendo los diseños históricos y ofrecen demostraciones en festivales fotográficos. También se han realizado proyectos de recuperación en países como Perú, donde aún pueden encontrarse minuteros en plazas de ciudades como Cusco o Arequipa.
La técnica se estudia hoy como un ejemplo de ingeniería popular aplicada a la imagen. Su valor histórico radica en haber acercado la fotografía a millones de personas y en haber generado un archivo visual espontáneo y cotidiano que forma parte de la memoria colectiva.




