A mediados del siglo XVI, el Perú vivía un proceso convulso de transición entre la conquista y la consolidación del poder real. Tras la muerte de Francisco Pizarro y la ejecución de Diego de Almagro, las tensiones entre facciones de conquistadores no habían desaparecido.
La Corona buscaba imponer un orden estable mediante instituciones virreinales, pero los intereses creados, las encomiendas y la memoria de los privilegios obtenidos durante la conquista alimentaban resistencias.
En este escenario emergió la figura de Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador del Tahuantinsuyo. Su prestigio militar y su control sobre amplios territorios lo convirtieron en un líder natural para quienes se oponían a las Leyes Nuevas de 1542, que limitaban la perpetuidad de las encomiendas.
La llegada del primer virrey, Blasco Núñez Vela, exacerbó el conflicto. Su aplicación estricta de las leyes provocó un levantamiento que terminó con su muerte en Añaquito en 1546. Desde entonces, Gonzalo Pizarro gobernó de facto buena parte del Perú.
Pedro de la Gasca: autoridad sin ejército
La Corona reaccionó enviando a Pedro de la Gasca, un clérigo y diplomático con reputación de prudencia y firmeza. Llegó al Perú en 1547 sin tropas, sin recursos militares y con la misión de restaurar la autoridad real. Su estrategia no fue la confrontación directa, sino la negociación. Ofreció perdón general, restitución de bienes y garantías a quienes abandonaran a Pizarro. Su habilidad política fue decisiva: poco a poco, capitanes y ciudades que habían apoyado al rebelde se pasaron al bando realista.
La Gasca logró reunir un ejército considerable sin derramar sangre, mientras que el prestigio de Gonzalo Pizarro se erosionaba. La rebelión, que en sus inicios había contado con apoyos amplios, se fue quedando aislada. Para comienzos de 1548, el enfrentamiento final era inevitable.
Jaquijahuana: combate sin batalla
El 9 de abril de 1548, ambos ejércitos se encontraron en la pampa de Jaquijahuana, cerca de Cuzco. Aunque se la conoce como batalla, lo ocurrido fue más bien una desintegración del ejército rebelde. Muchos de los capitanes de Pizarro, convencidos de que la causa estaba perdida o persuadidos por las promesas de La Gasca, desertaron antes del combate o en pleno despliegue. Las fuerzas realistas avanzaron sin encontrar resistencia significativa.
Gonzalo Pizarro y su lugarteniente, Francisco de Carvajal, fueron capturados sin lucha. La Gasca, consciente de la necesidad de restaurar la autoridad real, ordenó su ejecución. No hubo saqueos ni represalias indiscriminadas: el objetivo era cerrar un ciclo de guerras civiles, no abrir otro.
Fin de las guerras civiles del Perú
La victoria de Jaquijahuana marcó el final de las guerras civiles entre conquistadores. Con la eliminación del poder pizarrista, la Corona pudo establecer un virreinato estable, basado en instituciones y no en caudillos. La Gasca reorganizó la administración, confirmó encomiendas moderadas y sentó las bases para un gobierno más centralizado.
El episodio también tuvo un impacto simbólico. Representó el triunfo del poder real sobre las ambiciones particulares de los conquistadores, un paso decisivo en la transformación del Perú de territorio conquistado a territorio gobernado.
Jaquijahuana. Sin mitos
La batalla de Jaquijahuana ha sido interpretada de muchas maneras: como el fin de la época heroica de los conquistadores, como un acto de justicia política o como una maniobra diplomática magistral.
Lo cierto es que, más allá de visiones idealizadas o condenatorias, fue un episodio clave en la consolidación del orden colonial. No hubo masacres ni excesos sistemáticos; tampoco gestas épicas. Fue, ante todo, el desenlace lógico de un conflicto interno entre españoles, resuelto por la combinación de autoridad legítima, negociación hábil y desgaste del liderazgo rebelde.




