La conquista de Cuenca

septiembre 21, 2025

La toma de Cuenca por Alfonso VIII de Castilla en septiembre de 1177 fue uno de los episodios más significativos de la expansión cristiana durante la Reconquista. No fue solo una operación militar decisiva, sino también una maniobra diplomática que implicó a Alfonso II de Aragón, el Casto y que consolidó el equilibrio entre las coronas cristianas en un momento de tensiones latentes.

Conquista de Cuenca: frontera y alianzas

Cuenca, enclave musulmán desde el siglo VIII, se había convertido en un bastión estratégico entre los dominios de al-Ándalus y los reinos cristianos. Su posición sobre la hoz del Júcar y su fortificación natural la hacían difícil de tomar y valiosa para controlar las rutas entre Toledo, Valencia y Zaragoza. Alfonso VIII, que accedió al trono en 1158 siendo niño, heredó un reino fracturado por luchas nobiliarias y por la presión leonesa. Su madurez política se consolidó con campañas como la de Huete (1164) y la recuperación de territorios en la Alcarria.

Pero la conquista de Cuenca no fue una empresa aislada. En ella participaron contingentes aragoneses enviados por Alfonso II el Casto, rey de Aragón y conde de Barcelona, quien tenía intereses en frenar la expansión almohade y en mantener buenas relaciones con Castilla. Ambos monarcas habían firmado el Tratado de Sahagún de 1170 (o Paz Perpetua de Sahagún), que establecía una alianza defensiva y el respeto mutuo de fronteras. La campaña de Cuenca fue, en parte, una puesta en práctica de ese acuerdo.

El asedio y la toma

El cerco comenzó en verano de 1177. Las tropas castellanas, reforzadas por aragoneses y milicias concejiles, rodearon la ciudad durante semanas. Las crónicas hablan de un asedio prolongado, con escaramuzas constantes y presión sobre los abastecimientos. El 21 de septiembre, día de San Mateo, las defensas musulmanas cedieron y la ciudad fue tomada. Esta fecha se conmemora aún hoy como fiesta local.

La conquista no solo supuso una victoria militar: fue también una operación de legitimación. Alfonso VIII otorgó a Cuenca un fuero propio, inspirado en el de Sepúlveda, que garantizaba derechos a los nuevos pobladores cristianos y consolidaba la ciudad como núcleo repoblador y defensivo. El fuero de Cuenca se convirtió en modelo para otras villas castellanas.

El Tratado de Cuenca

Tras la toma, Alfonso VIII y Alfonso II firmaron el Tratado de Cuenca (agosto de 1177), que reafirmaba lo pactado en Sahagún. Ambos reyes se reconocían mutuamente sus posesiones y se comprometían a no interferir en los dominios del otro, salvo en caso de amenaza musulmana o de intervención de Fernando II de León. Este tratado muestra que la conquista no fue una acción unilateral, sino parte de una estrategia coordinada entre Castilla y Aragón para estabilizar la frontera oriental y evitar conflictos entre cristianos.

Conquista de Cuenca. Repercusiones

La caída de Cuenca debilitó el control almohade en la zona y abrió el camino hacia la futura ofensiva de Las Navas de Tolosa (1212). Para Alfonso VIII, fue una victoria que consolidó su autoridad interna y su prestigio exterior. Para Alfonso II, una garantía de equilibrio en el valle del Júcar y una muestra de su papel como árbitro entre los reinos peninsulares.

Cuenca pasó a ser símbolo de la Reconquista castellana, pero también de la diplomacia entre coronas. Su conquista no puede entenderse sin el contexto de pactos, tratados y alianzas que tejieron los monarcas cristianos en un tablero político complejo, donde la guerra y la palabra eran armas complementarias.

Ilustración medieval estilizada del asedio de Cuenca en 1177, con Alfonso VIII y Alfonso II observando la ciudad amurallada rodeada por tropas cristianas.

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