La Pirámide de los Italianos, levantada en 1939 en el puerto del Escudo, es uno de los monumentos funerarios más singulares —y más controvertidos— de la posguerra española.
Concebida como osario para los soldados italianos caídos en la Guerra Civil, su arquitectura monumental y su emplazamiento abrupto la convirtieron en un hito paisajístico y en un recordatorio físico de la Toma del Puerto del Escudo.
Permanece en pie, silenciosa, deteriorándose bajo el viento de la cordillera cantábrica, pero resistiendo como símbolo de una memoria que no encaja fácilmente en los relatos oficiales.
Pirámide de los Italianos. Historia y significado
El monumento fue construido por el régimen franquista para honrar a los combatientes del Corpo Truppe Volontarie, enviados por Mussolini en apoyo al bando nacional. La pirámide, de líneas limpias y rotundas, albergaba los restos de más de 300 soldados. Su función era doble: funeraria y propagandística. Simbolizaba la presencia militar italiana en la Guerra Civil y servía, además, como monumento conmemorativo erigido por el régimen tras la victoria.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la pirámide dejó de ser un símbolo político activo y pasó a convertirse en un vestigio histórico. Para muchos habitantes de la zona, era parte del paisaje; para otros, un recordatorio incómodo y para la mayoría, un monumento que debía preservarse como testimonio de una época que no puede borrarse sin más.
Fue declarada Bien de Interés Cultural por la Junta de Castilla y León, un reconocimiento que subraya su valor histórico y arquitectónico pese a las controversias que la rodean.
La disputa contemporánea
En los últimos años, la Pirámide de los Italianos ha sido objeto de un debate creciente. La aplicación de las opresoras leyes de memoria histórica y democrática ha reabierto la discusión sobre qué hacer con los monumentos vinculados al franquismo. En este caso, la controversia se intensifica por su carácter funerario: no se trata solo de un símbolo político, sino de un lugar de reposo para soldados extranjeros cuyos restos fueron repatriados a Italia en 1975.
A partir de ese momento, la pirámide quedó vacía, pero no desprovista de significado. Su abandono se ha interpretado por algunos como una forma de dejar que el tiempo resuelva lo que la política no se atreve a afrontar. Otros, en cambio, han defendido su restauración como pieza de patrimonio histórico y arquitectónico, desligada ya de su función original.
Su futuro
El debate actual gira en torno a su posible desmantelamiento, reinterpretación o transformación. Hay quienes abogan por su demolición, argumentando que cualquier monumento erigido por una dictadura debe desaparecer del espacio público. Otros proponen mantenerla, pero acompañada de un dispositivo explicativo que contextualice su origen, su función y su evolución, convirtiéndola en un espacio pedagógico más que conmemorativo.
También existen voces que reclaman su protección como bien patrimonial, subrayando que borrar un monumento no borra la historia que lo produjo.
El problema, como ocurre con tantos elementos del pasado reciente, es que la pirámide se ha convertido en un campo de batalla simbólico. No se discute solo sobre piedra y hormigón, sino sobre el relato que España quiere construir sobre sí misma.
Memoria, identidad y riesgo de simplificación
La Pirámide de los Italianos plantea una cuestión más amplia: ¿qué hacer con los restos materiales de un pasado conflictivo? La tentación de simplificar —derribar lo incómodo, preservar lo conveniente— es comprensible, pero empobrecedora. La historia no es un escaparate ordenado, sino un territorio lleno de contradicciones, sombras y heridas. Pretender resolverlo con un gesto administrativo puede conducir a una forma de amnesia selectiva que, lejos de sanar, perpetúa la incapacidad de mirar de frente.
La pirámide, con su presencia austera y su deterioro evidente, es un recordatorio de que la historia no siempre coincide con la voluntad política del presente.
Pirámide de los Italianos. Corolario
Mientras continúa la discusión institucional, la pirámide sigue en pie, expuesta al clima y al debate público. Su destino dependerá de decisiones que, más que técnicas, serán profundamente simbólicas. Lo que está en juego no es solo un edificio, sino la relación de España con su propia historia: si opta por la eliminación, por la resignificación o por la conservación crítica.
En cualquier caso, la Pirámide de los Italianos seguirá siendo un espejo incómodo. Y quizá por eso mismo, un lugar necesario.




