La toma de Granada en 1492 fue el desenlace de un equilibrio peninsular que había resistido durante más de dos siglos. Lo que suele recordarse como un episodio final fue, en realidad, la culminación de un proceso político, económico y cultural que transformó la península y redefinió el lugar de Castilla en el tablero mediterráneo.
La toma de Granada. Antecedentes
El Reino nazarí de Granada había sobrevivido contra toda previsión desde el siglo XIII, manteniéndose como el último estado islámico de Europa occidental tras la derrota almohade en Las Navas de Tolosa en 1212.
Su pervivencia se debió a una combinación de diplomacia, tributos a Castilla y una geografía montañosa que favorecía la defensa. Sin embargo, a finales del siglo XV el equilibrio se quebró: la consolidación política de Castilla y Aragón bajo los Reyes Católicos y la debilidad interna del emirato —marcada por luchas dinásticas entre facciones como los abencerrajes y los zegríes— prepararon el terreno para una ofensiva definitiva.
En 1482 comenzó una guerra que se prolongaría casi diez años. La presión militar castellana fue sistemática: plazas como Ronda, Loja, Málaga o Baza cayeron una tras otra, aislando progresivamente la capital nazarí. Para 1491, Granada estaba cercada y exhausta, y Boabdil, el último emir, se vio obligado a negociar.
El proceso de capitulación
Las Capitulaciones de Granada, firmadas el 25 de noviembre de 1491, establecieron las condiciones de la rendición y garantizaban la protección de la población musulmana, su religión, sus propiedades y su derecho a permanecer en la ciudad. Este acuerdo fue decisivo: la toma de Granada no fue un asalto, sino una entrega pactada, fruto de una guerra de desgaste y de la convicción de Boabdil de que resistir significaría la destrucción total.
El pacto permitió una transición relativamente ordenada. La ciudad se preparó para la entrada de los monarcas, mientras Boabdil ultimaba su salida hacia las Alpujarras y, posteriormente, hacia el exilio en el norte de África.
2 de enero de 1492: entrega de las llaves
La mañana del 2 de enero de 1492, en un paraje junto al río Genil, Boabdil entregó las llaves de Granada a Fernando el Católico, en un gesto cargado de simbolismo que marcó el final de ocho siglos de presencia islámica en la península ibérica. Ese mismo día, Isabel y Fernando entraron en la ciudad, izaron el pendón de Castilla y tomaron posesión formal del último reino andalusí.
La noticia llegó a Roma un año después, en febrero de 1493, donde —según el cronista Jerónimo Zurita— la ciudad se puso en regocijo y fiesta, apellidando el nombre de España al conocer la caída de Granada. Para la Europa cristiana, el acontecimiento tenía un significado continental: se interpretaba como el cierre de un ciclo histórico iniciado en Covadonga y como la consolidación de un poder peninsular emergente. La culminación de la Reconquista.
La toma de Granada. Boabdil y los Reyes Católicos
Boabdil, Muhammad XII, ha quedado como una figura trágica: un gobernante atrapado entre la presión castellana y las divisiones internas de su propio reino. Su decisión de capitular, lejos de ser un acto de debilidad, fue una estrategia para evitar la destrucción total de la ciudad y preservar la vida de sus habitantes.
Los Reyes Católicos, por su parte, vieron en la conquista de Granada la culminación de su proyecto político: la unificación territorial bajo la Corona de Castilla y la afirmación de un poder monárquico centralizado. La toma consolidó su prestigio internacional y abrió una nueva etapa en la historia peninsular, la misma que en ese mismo año vería partir a Colón hacia el Atlántico.
Significado histórico
La toma de Granada marcó el final de la Reconquista y el inicio de la España moderna, según interpretaciones contemporáneas y actuales. Supuso un gran cambio político, pero también un cambio cultural y religioso que, con el tiempo, desembocaría en tensiones y en la progresiva erosión de las garantías concedidas a la población musulmana.
Hoy, más de cinco siglos después, la fecha —compartida con la Venida de la Virgen del Pilar a Zaragoza— sigue siendo un hito fundacional de la identidad histórica de España.




