¿Para qué sirven de verdad los abrefáciles?
Cuando aparece en un envase la palabra abrefácil, suele despertar una reacción común: desconfianza ante la promesa de que algo será tan sencillo como proclaman.
Esa mezcla de expectativa y sospecha forma parte de la historia cultural de estos sistemas de apertura, que nacieron para simplificar la vida y que, en ocasiones, la complican un poco más. Pero su recorrido es interesante y revela mucho sobre cómo diseñamos y usamos los objetos cotidianos.
Abrefácil. Evolución a la vida diaria
El concepto moderno de apertura asistida empezó a tomar forma a mediados del siglo XX. La industria alimentaria buscaba envases más cómodos y seguros y fue entonces cuando surgieron las primeras soluciones que hoy reconocemos como abrefáciles.
En 1959, el ingeniero estadounidense Ermal Fraze ideó la anilla de apertura para latas —la lengüeta de tracción— cansado de depender de un abrelatas en un pícnic. Aquella idea se extendió rápidamente y abrió la puerta a un sinfín de mecanismos: líneas de desgarro, pestañas, microperforaciones y tiras adhesivas.
En España, el término abrefácil se popularizó en los años setenta y ochenta, cuando los fabricantes comenzaron a incorporarlo como reclamo de modernidad doméstica. La palabra se convirtió en una especie de promesa: abrir sin esfuerzo, sin herramientas y sin riesgo.
El abrefácil en la RAE
El uso cotidiano del término terminó consolidándose hasta el punto de que abrefácil fue incorporado al Diccionario de la lengua española en 2014, dentro de la 23.ª edición.
Su inclusión reflejó no solo la extensión del vocablo en la vida diaria, sino también el reconocimiento de que estos sistemas de apertura forman parte del diseño industrial contemporáneo y del lenguaje común de consumidores y fabricantes.
Un estándar industrial
El abrefácil no es solo un guiño comercial. Responde a necesidades: facilitar la apertura, reducir accidentes, evitar el uso de cuchillos o tijeras y garantizar que el envase se abra por donde debe.
Con el tiempo, la ergonomía y los nuevos materiales han refinado estos sistemas hasta convertirlos en un estándar. Hoy se diseñan para que cedan con la presión justa, mantengan la higiene y permitan acceder al contenido sin comprometer su conservación.
Abrefácil. ¿Para qué sirven de verdad?
El abrefácil tiene una función clara: hacer que la apertura de un envase sea rápida, segura y accesible para el mayor número de personas posible. La cuestión es que no, que no siempre se cumple…
La teoría es que ayuda a quienes tienen menos fuerza en las manos, evita cortes y desgarros accidentales, reduce la necesidad de utensilios y mejora la higiene al manipular el envase. Incluso cuando falla —porque todos hemos vivido el drama del abrefácil que no abre nada—, su razón de ser sigue siendo la misma: simplificar un gesto cotidiano que antes requería más esfuerzo del necesario.




