Hoy, en Artes y oficios, revisamos la historia, evolución y situación actual de un oficio prácticamente desaparecido.
El limpiabotas fue durante más de un siglo una figura cotidiana en plazas, estaciones y cafés de medio mundo. Su presencia condensaba algo más que un servicio: era un punto de encuentro social, un oficio humilde pero visible y un termómetro de la vida urbana.
Hoy apenas quedan unos pocos profesionales, convertidos casi en patrimonio vivo de las ciudades que aún los conservan.
Limpiabotas. Orígenes y expansión
El oficio tomó forma moderna en el siglo XIX, cuando el uso de calzado de cuero se generalizó entre las clases trabajadoras y urbanas.
En Estados Unidos y Europa, los primeros limpiabotas aparecieron en torno a estaciones de tren, hoteles y centros financieros, ofreciendo un servicio rápido a viajeros y hombres de negocios. En ciudades como Nueva York, Londres o París, el limpiabotas se convirtió en una figura reconocible, con su caja de madera, sus cepillos y su banqueta.
El oficio se consolidó en España a finales del XIX y principios del XX, especialmente en Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza y Sevilla. Los cafés y casinos solían reservar un espacio para ellos y muchos ayuntamientos regulaban su actividad mediante licencias. La imagen del limpiabotas formó parte del paisaje urbano durante décadas.
Un servicio con ritual
El trabajo del limpiabotas no consistía solo en abrillantar zapatos. Había una técnica precisa: retirar el polvo, aplicar crema o betún, cepillar con energía y rematar con un paño suave hasta lograr un brillo impecable.
El cliente se sentaba en una silla elevada, apoyaba los pies en la caja y, durante unos minutos, quedaba en manos del profesional. Ese breve intervalo se convirtió en un espacio de conversación, confidencias y observación del mundo.
En muchos lugares, el limpiabotas era también un pequeño cronista local. Sabía quién pasaba, a qué hora, qué preocupaciones traía cada cliente. Su puesto fijo le daba una perspectiva privilegiada del ritmo de la ciudad.
Curiosidades y escenas históricas
El oficio generó imágenes simbólicas. En Estados Unidos, muchos limpiabotas eran niños inmigrantes o afroamericanos que encontraban en este trabajo una forma de subsistencia.
En España, durante la posguerra, el limpiabotas fue un recurso económico para muchos jóvenes que buscaban ingresos rápidos en un país empobrecido.
Y en Hispanoamérica, especialmente en México, Perú y Bolivia, el oficio adquirió una dimensión cultural propia: en La Paz, por ejemplo, algunos limpiabotas trabajan con el rostro cubierto para evitar el estigma social asociado al oficio.
También hubo limpiabotas célebres: en Madrid, el mítico Don Hilarión del Café Gijón atendió durante décadas a escritores, políticos y actores, convirtiéndose en una figura casi literaria. Y en Zaragoza, Ángel continúa con su labor.
Declive y supervivencia en el siglo XXI
La desaparición progresiva del limpiabotas tiene causas claras y comprobables: el uso masivo de calzado deportivo, la fabricación de materiales sintéticos que no requieren abrillantado, la pérdida de la cultura del zapato de cuero y la transformación del espacio público. A ello se suma la competencia de productos de limpieza rápida y el cambio en los hábitos laborales, que redujo el tiempo disponible para este tipo de servicios.
Aun así, el oficio no ha muerto del todo. En ciudades como Madrid, Barcelona, Lisboa, Ciudad de México o Buenos Aires sobreviven pequeños núcleos de limpiabotas, a menudo protegidos por asociaciones o por la propia clientela fiel.
En algunos aeropuertos y hoteles de lujo se ha recuperado el servicio como gesto de distinción, aunque ya sin la dimensión social que tuvo antiguamente.
Limpiabotas. Corolario
El limpiabotas es hoy un oficio casi testimonial, pero conserva un valor simbólico. Representa una forma de trabajo manual, directa y visible, que formó parte de la vida cotidiana de varias generaciones. Su desaparición no solo habla de cambios en la moda o en el calzado, sino también de la transformación de las ciudades y de la pérdida de oficios que articulaban la vida pública.
Quedan pocos, pero quienes siguen en activo mantienen viva una tradición que fue, durante más de cien años, un pequeño ritual urbano.




