Quizá ya lo sabía pero el Parque Nacional Coiba es un vasto territorio insular y marino situado frente a la costa de Veraguas, en el Pacífico panameño.
Aislado durante décadas, conserva uno de los ecosistemas más prístinos de Centroamérica y forma parte de la Reserva de la Biosfera del Golfo de Chiriquí, lo que lo convierte en un enclave biológico de relevancia mundial.
Parque Nacional Coiba
- Isla Coiba, la mayor del Pacífico centroamericano, rodeada de decenas de islotes menores.
- Aislamiento prolongado que mantuvo ecosistemas prístinos y permitió la evolución de especies endémicas.
- Bosques tropicales primarios prácticamente intactos, con fauna exclusiva como el tití de Coiba y especies endémicas menores.
- Arrecifes coralinos entre los mejor conservados del Pacífico oriental, con paisajes submarinos de cañones, pináculos y plataformas volcánicas.
- Alta biodiversidad marina con presencia de tiburones martillo, tiburón ballena en temporada, delfines, ballenas, tortugas y grandes cardúmenes.
- Conexión ecológica con el Corredor Marino del Pacífico Este Tropical y afinidades biogeográficas con Galápagos.
- Aguas profundas muy próximas a la costa, lo que favorece encuentros con megafauna pelágica.
- Manglares, estuarios y lagunas costeras en excelente estado de conservación.
- Playas remotas donde anidan varias especies de tortugas marinas.
- Restos del antiguo penal, clave para entender su aislamiento y su conservación involuntaria.
- Bajísima presión humana, con escasa pesca artesanal y casi nula actividad industrial.
- Condiciones excepcionales para la investigación científica por su estado casi intacto.
- Reconocimiento como Patrimonio Mundial por su valor ecológico y su singularidad biológica.
- Uno de los mejores destinos de buceo del continente, con visibilidad y vida marina excepcionales.
- Un silencio natural casi absoluto, raro incluso en parques remotos.
Coiba es una referencia científica y de conservación en el Pacífico oriental. Su combinación de aislamiento, endemismos, conectividad marina y baja presión humana la convierte en un laboratorio natural que permite medir procesos ecológicos que en otros lugares ya están distorsionados.
Más que un destino remoto, es un punto de comparación: un estándar de cómo deberían verse los ecosistemas tropicales cuando casi nada los altera.




