La historia de Miguel Ricart no se explica solo por su participación en el crimen que marcó a una generación, sino por la cadena de carencias, dependencias, negligencias, ocultamientos y silencios que lo llevaron a convertirse en la pieza más visible de un caso que sigue incompleto.
Ricart. Orígenes y entorno
Nació en un ambiente marcado por la precariedad, la inestabilidad laboral y un entorno social donde la desestructuración familiar era más norma que excepción.
Su infancia transcurrió en un espacio donde la autoridad era difusa y la disciplina, intermitente. No hay en su biografía un relato de ascenso ni de superación, sino una deriva lenta hacia la marginalidad, alimentada por la falta de referentes y por un ambiente que normalizaba la supervivencia a corto plazo.
La familia, más que como cohesión, funcionó como una retahíla de ausencias: afectivas, económicas y educativas. Ese vacío no explica su trayectoria posterior, pero sí dibuja el terreno donde germinaron sus decisiones.
Formación y deriva
La escolarización de Ricart fue irregular, marcada por abandonos tempranos y por una relación conflictiva con cualquier estructura que exigiera constancia.
Su formación no avanzó más allá de lo básico y pronto se vio absorbido por trabajos esporádicos, mal remunerados y sin horizonte. En paralelo, su vida se fue desplazando hacia entornos donde la delincuencia menor, el consumo de drogas y la búsqueda de pertenencia se mezclaban sin fronteras claras. No fue un salto brusco, sino una sedimentación: pequeñas infracciones, amistades que reforzaban la desvinculación social, y una progresiva pérdida de expectativas.
La figura de Antonio Anglés, más dominante, más violenta y más imprevisible, terminó por absorberlo. Ricart no destacó por iniciativa, sino por docilidad: un perfil que, en contextos criminales, suele convertirse en combustible para decisiones ajenas.
Ricart. Actividades previas al crimen
Antes de los hechos por los que sería condenado, Ricart acumuló un historial de delitos menores: robos, consumo de estupefacientes, trapicheos… Nada que anticipara, en términos criminológicos, la magnitud del caso Alcácer.
Su vida se movía entre casas ocupadas, trabajos temporales y una red de relaciones donde la violencia era un recurso cotidiano. No era un líder ni un estratega: era un participante funcional en un ecosistema marginal que lo empujaba hacia la ilegalidad como única vía de subsistencia.
Los crímenes y su papel
El caso Alcácer marcó un antes y un después en la historia criminal española.
Ricart fue condenado por su participación en el secuestro, agresión y asesinato de las tres adolescentes. Su papel, según la sentencia, fue activo y consciente, aunque siempre subordinado a la figura de Anglés. La narrativa judicial lo sitúa como ejecutor, no como cerebro. Su responsabilidad penal quedó fijada en un marco donde la brutalidad de los hechos eclipsa cualquier matiz. La sentencia lo convirtió en el único condenado, mientras Anglés desaparecía y se convertía en una sombra que aún hoy alimenta teorías, sospechas y silencios.
Consecuencias
Condenado a 170 años por su participación en uno de los crímenes más brutales de la historia reciente, Miguel Ricart cumplió 21 años de prisión y salió en 2013 tras la anulación de la doctrina Parot. Su trayectoria posterior, marcada por la marginalidad y la ausencia de reinserción real, mantiene viva la incomodidad social que rodea a un responsable directo de un caso que sigue siendo una herida abierta.
Ricart: vacío narrativo
Ricart no ha construido un relato propio convincente. Sus declaraciones han oscilado entre la negación parcial, la atribución de responsabilidad a Anglés y la insistencia en su papel secundario.
Esa oscilación ha alimentado la desconfianza y ha impedido que su figura se estabilice en un marco interpretativo claro. En el imaginario colectivo, Ricart no es un personaje complejo, sino un símbolo: el del partícipe que sobrevivió, el del condenado que salió, el del hombre que carga con un crimen que la sociedad no está dispuesta a olvidar.
Epílogo: permanece la sombra
Hoy, la figura de Ricart se mueve en un territorio ambiguo: legalmente libre, socialmente marcado, narrativamente incompleto.
Su historia no ofrece redención ni aprendizaje, solo el eco de un crimen que definió una época. Lo que queda de él no es su biografía, sino su ausencia de respuestas.
Y en ese silencio es donde se sostiene su sombra.




