Santiago Carrillo

Santiago Carrillo Solares nació en Gijón en 1915, en una familia vinculada al socialismo. Su padre, Wenceslao Carrillo, era un dirigente destacado del PSOE y de la UGT, lo que situó al joven Carrillo en un ambiente de activismo político desde muy temprano.

Su educación fue irregular pero su entrada en la prensa obrera y en las Juventudes Socialistas a una edad temprana lo convirtió rápidamente en un cuadro político en ascenso.

Carrillo. Ascenso temprano

Con apenas veinte años, en los primeros meses de la Guerra Civil, Carrillo fue consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, un cargo de enorme responsabilidad en un contexto de colapso institucional y violencia desbordada. Bajo su jurisdicción se encontraban las cárceles, los traslados de presos y la coordinación de milicias y comités que actuaban en la retaguardia republicana.

Es en este periodo, entre noviembre y diciembre de 1936, cuando se produjeron las sacas y ejecuciones masivas de presos en Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, uno de los episodios más controvertidos y trágicos de la guerra.

Los hechos criminales

Diversos historiadores y testimonios han señalado a Carrillo como responsable político directo de la estructura que permitió aquellas matanzas, dado que ocurrieron bajo su ámbito administrativo.

Los sucesos de Paracuellos fueron ejecuciones masivas de presos cometidas por fuerzas y milicias vinculadas a la retaguardia republicana entre noviembre y diciembre de 1936.

Los reclusos —militares, civiles, religiosos, profesionales, adolescentes e incluso algunos menores— fueron sacados de las checas de Madrid con el pretexto de ser evacuados y trasladados en camiones hacia Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, donde fueron fusilados sin juicio. Las cifras de víctimas oscilan según las fuentes, pero se sitúan entre 2.500 y 7.000 personas asesinadas. Fue una operación organizada, con responsables concretos en los aparatos de orden público y en las milicias que ejecutaron las sacas y los fusilamientos, y constituye uno de los episodios más graves de violencia contra presos indefensos durante la guerra.

Lo que es indiscutible es que las ejecuciones se produjeron durante el mandato y bajo el área de responsabilidad de Carrillo, lo que marcó de forma indeleble su biografía pública.

Clandestinidad y acusación

La figura de Carrillo quedó asociada a dos sobrenombres que revelan dimensiones muy distintas de su trayectoria.

Por un lado, durante su exilio en Francia comenzó a circular el mote El Pelucas, originado por el uso de una peluca que empleaba para moverse con discreción, evitar identificaciones y protegerse en su vida clandestina. El apodo tenía un tono irónico y desmitificador y mostraba la fragilidad cotidiana detrás del dirigente político.

Por otro lado, los que lo consideraban responsable de las matanzas de 1936 se popularizó el sobrenombre El Carnicero de Paracuellos. Este mote, claramente acusatorio, sintetizaba la atribución de responsabilidad política por las ejecuciones masivas y se convirtió en un elemento persistente de su imagen pública, reapareciendo en debates históricos y mediáticos durante décadas.

Ambos apodos, tan distintos en origen y carga simbólica, ilustran la complejidad de una figura atrapada entre la clandestinidad, la violencia de la guerra y la construcción pública de un personaje político.

Exilio, negaciones y persistencia

Tras la derrota frentepopulista, Carrillo inició un largo exilio en la URSS, Francia y otros países europeos.

Durante décadas negó haber ordenar las matanzas en el momento en que se produjeron, alegando que la situación en Madrid era caótica y que su capacidad de control era escasa. Sin embargo, la controversia nunca desapareció: para sus detractores, fue el máximo responsable político de uno de los mayores crímenes de la retaguardia republicana.

Carrillo. Epílogo

Aunque se convirtió en una figura relevante de la Transición, su nombre quedó asociado a Paracuellos y a los crímenes comunistas de la época. Ese vínculo condicionó su imagen pública, alimentó debates políticos durante décadas y sigue siendo un punto de fricción en la interpretación de la Guerra Civil.

Carrillo murió en Madrid en 2012, a los 97 años, sin que la discusión historiográfica sobre su responsabilidad quedara definitivamente resuelta.

Es un ejemplo de que la biografía personal puede quedar marcada para siempre por decisiones —o por omisiones— en un momento de extrema violencia colectiva.

El criminal es criminal como el asesino es asesino.

Santiago Carrillo, joven y con gafas, de pie a la izquierda junto a otros militantes, todos con el puño en alto frente a un micrófono en un acto político

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