Tortilla de patata, mito nacional

enero 13, 2026

Con la tortilla de patata inauguramos la sección ¿Qué comemos?, que arranca oficialmente tras su presentación y empieza, como debe, por un clásico incontestable

Un plato humilde

La tortilla de patata es uno de los grandes símbolos culinarios de España y, sin embargo, su historia está llena de lagunas, disputas y orgullos locales.

Nació como solución barata y saciante, en tiempos de escasez y acabó convertida en emblema nacional, omnipresente en bares, casas y celebraciones. Lo que hoy parece un gesto cotidiano —batir huevos, freír patatas, cuajarlo todo en una sartén— es el resultado de siglos de viajes de ingredientes, cambios sociales y mucha imaginación doméstica.

Tortilla de patata. Entre Navarra y Extremadura

Las primeras referencias escritas a un plato muy similar a la tortilla de patata se sitúan en Navarra, a comienzos del siglo XIX, en contextos de pobreza rural donde se buscaba alimentar a muchas personas con muy poco. De ahí salen documentos que hablan de huevos y patatas como combinación práctica y nutritiva. A esa línea se suma la atribución legendaria al general carlista Tomás de Zumalacárregui, quien supuestamente habría popularizado la tortilla durante las guerras carlistas para alimentar a sus tropas. La historia es más mítica que documentada, pero muestra hasta qué punto la tortilla se asocia a la necesidad.

En este mapa de orígenes entra con fuerza Villanueva de la Serena (Badajoz), que reivindica haber dado forma a la tortilla de patata moderna. Allí se sitúa la anécdota de una viuda que, para agasajar a un hacendado, habría improvisado una mezcla de patatas, huevo y otros ingredientes, dando lugar a una versión reconocible de la tortilla actual. Hoy la localidad ha convertido esa reivindicación en seña de identidad, con fiestas y concursos que refuerzan su papel en la genealogía del plato.

De subsistencia a símbolo

Independientemente del sujeto de su invención, la tortilla de patata surge como plato de subsistencia: la patata, barata y calórica, combinada con el valor proteico del huevo. En pocas décadas pasa de comida de campesinos y soldados a plato habitual en las casas, y más tarde a protagonista de barras de bar y menús. Su fortaleza reside en la versatilidad: alimenta, se transporta bien, se come caliente o fría y admite variaciones infinitas sin perder su identidad básica.

Con el tiempo, su expansión genera estilos propios: tortillas casi líquidas en el interior, más cuajadas en otros lugares, con capas gruesas de patata o muy finas, con o sin cebolla, con añadidos que van del chorizo a las verduras. Cada casa tiene su manera correcta de hacerla.

Curiosidades

No deja de ser paradójico que un ingrediente como la patata, recibido en Europa con recelo y relegado durante años a alimentación animal o a situaciones extremas, termine siendo el corazón de uno de los platos más queridos del país.

La tortilla condensa esa historia de rehabilitación culinaria: de tubérculo sospechoso a símbolo de hogar. A ello se suma su condición de comodín social: aparece en meriendas, excursiones escolares, sobremesas familiares, fiestas de pueblo y comidas urbanos. Es tapa, plato principal, relleno de bocadillo y recurso infalible.

La propia disputa entre territorios por el origen funciona como anécdota reveladora: la tortilla no pertenece a un único lugar, sino a muchos relatos que se solapan y se contradicen.

Formas y polémicas

La tortilla de patata admite casi todas las situaciones posibles: un pincho rápido en barra, un triángulo en plato de menú del día, un bocadillo envolviendo un trozo espeso para comer de pie, una bandeja inmensa en fiestas populares. Se come sola, con pan, con mahonesa (otro debate), con ensalada, con pimientos o como se quiera.

Y luego está la polémica odiosa: ¿con cebolla o sin cebolla? Quienes la prefieren con cebolla defienden su jugosidad y profundidad de sabor; los partidarios de la versión sin cebolla reivindican la claridad del trío huevo–patata–sal y acusan a la cebolla de robar protagonismo.

A esta batalla se suma otra menos ruidosa, pero igual de intensa: tortilla poco cuajada, casi cremosa, frente a tortilla bien hecha, firme y compacta. Ninguna de estas disputas se resuelve, porque en el fondo la tortilla es también un campo de identidad personal y familiar.

Tortilla de patata: símbolo

Hoy la tortilla de patata se reinterpreta en la alta cocina, aparece en versiones veganas, se desestructura en espuma o se sirve en miniaturas de autor. Y al mismo tiempo permanece en su formato más reconocible en barras de barrio y cocinas domésticas.

Villanueva de la Serena, Navarra, las leyendas carlistas y las cocinas anónimas contribuyen todas a una misma realidad: un plato que nació de la necesidad, se construyó con la mano de muchas personas y se instaló en el imaginario como una especie de patria comestible.

Escultura urbana de un tenedor curvado incrustado en piedra, homenaje a la tortilla de patata en Villanueva de la Serena

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