Una figura singular del reformismo ilustrado español, Diego Antonio Rejón de Silva encarna la confluencia entre administración, erudición artística y vocación pedagógica.
Su trayectoria, marcada por el servicio público, el estudio de las artes y una intensa actividad institucional, lo situó en el corazón de la cultura académica del siglo XVIII y culminó con su ingreso en la RAE.
Rejón de Silva. Sus inicios
Diego Antonio Rejón de Silva nació en Madrid en 1754, en un entorno donde la administración borbónica, las academias ilustradas y el creciente interés por las artes configuraban un clima propicio para la formación de tratadistas y eruditos.
Su educación, aunque no documentada con detalle, se inscribe en la tradición ilustrada que combinaba el estudio de las lenguas, la historia, la administración y las artes. Desde muy temprano mostró inclinación por el pensamiento sistemático y por la reflexión estética, rasgos que más tarde cristalizarían en su obra lexicográfica y en su producción poética.
Formación intelectual y cargos
La trayectoria de Rejón de Silva se consolidó en el ámbito de la administración estatal. En 1785 fue nombrado oficial de la Secretaría de Estado bajo el ministerio del conde de Floridablanca, figura clave del reformismo ilustrado. Su cercanía al ministro le permitió acceder a responsabilidades de peso y lo situó en el centro de los debates sobre gobierno, educación y modernización institucional. A ello se sumaron distinciones que reflejan su posición social y su prestigio intelectual: caballero de la Orden de San Juan, de la de Alcántara y maestrante de la Real Orden de Granada.
Su relación con el mundo artístico se fortaleció a través de su participación en instituciones culturales. Fue consiliario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y honorario de la Academia de San Carlos de Valencia, espacios donde se debatían los fundamentos teóricos del arte y donde se impulsaban proyectos de formación y difusión estética.
Actividades y compromiso
La caída del ministerio de Floridablanca en 1792 marcó un giro decisivo en su vida. Fiel al ministro, Rejón se trasladó a Murcia, donde encontró un nuevo espacio para su actividad intelectual y cívica. Allí se integró en la Real Sociedad de Amigos del País, institución emblemática del reformismo ilustrado, y ejerció como síndico personero del Común en el Concejo Murciano, desde donde intervino en cuestiones de buen gobierno y administración local.
Ese mismo año fue nombrado miembro de número en la Escuela Patriótica de Dibujo, Aritmética y Geometría de Murcia. Su papel en la institución fue activo: redactó los estamentos que la regían y elaboró un manual destinado a los alumnos, convencido de que la educación técnica y artística era un pilar esencial para el progreso social.
Durante los años que vivió en Murcia, hasta su muerte en 1796, se dedicó a fomentar la instrucción pública y a promover iniciativas que armonizaban la formación estética con la utilidad práctica, en plena sintonía con el espíritu ilustrado.
Intereses artísticos y obra escrita
Rejón de Silva fue un apasionado coleccionista de grabados, dibujos y pinturas, y un lector atento de los grandes tratadistas europeos. Su labor como traductor contribuyó a la difusión en España de obras fundamentales para la historia del arte, como la Historia del Arte de los Antiguos de Winckelmann o un tratado de Leonardo da Vinci, textos que tuvieron una notable acogida.
Su propia producción refleja esa vocación didáctica y sistematizadora. En 1788 publicó el poema didáctico La pintura, donde combina reflexión estética y ambición pedagógica, y ese mismo año dio a la imprenta su Diccionario de nobles artes para la instrucción de los aficionados y uso de los profesores. Esta obra, concebida como una enciclopedia de autores, técnicas y conceptos artísticos, constituye una aportación singular al pensamiento estético español del siglo XVIII y un testimonio de su rigor lexicográfico.
Rejón de Silva en la RAE
Diego Antonio Rejón de Silva fue elegido académico honorario el 21 de diciembre de 1784, pasó a supernumerario el 10 de enero de 1785 y, finalmente, el 9 de febrero de 1786 ocupó su asiento como académico de número en la silla X, sustituyendo al recién fallecido Fray Juan de Aravaca.
Su presencia en la corporación coincidió con un momento de intensa actividad lexicográfica y normativa, y su perfil de tratadista, traductor y estudioso de las artes encajaba en la voluntad académica de ampliar el horizonte cultural del diccionario y de incorporar voces técnicas y artísticas.
Aunque su estancia en la Academia no fue larga —murió en Murcia el 3 de diciembre de 1796, apenas una década después de su ingreso—, su figura representa el espíritu ilustrado que buscaba armonizar las letras, las artes y la administración pública.
Sus contemporáneos lo describieron como un pintor aficionado, pero su legado intelectual lo sitúa como un mediador entre el pensamiento estético europeo y la cultura española de su tiempo.




