Los manuales de instrucciones son como los calcetines desapareados: sabemos que existen, todos juramos que algún día los necesitaremos y, sin embargo, cuando llega el momento crítico, nunca están donde deberían.
Se entregan con solemnidad dentro de la caja, como si fueran un documento fundacional, pero la mayoría de nosotros los relegamos al cajón de cosas importantes que jamás volveré a mirar. Y aun así, ahí siguen, impresos en doce idiomas, con dibujos que parecen jeroglíficos y advertencias que nos tratan como si fuéramos capaces de meter la tostadora en la bañera.
Manuales de instrucciones. La teoría
En teoría —y subrayo en teoría— los manuales existen para guiarnos en el uso correcto del aparato, prolongar su vida útil y evitar que acabemos llamando al servicio técnico para preguntar por qué la lavadora no arranca cuando no la hemos enchufado.
Son la voz oficial del fabricante, el mapa del tesoro que promete que, si seguimos cada paso, el electrodoméstico funcionará como un reloj suizo.
El problema es que esa teoría suele estar escrita en un dialecto técnico que solo comprenden los ingenieros que lo redactaron y, quizá, algún monje tibetano especializado en diagramas imposibles.
¿Para qué sirven en la práctica?
En la práctica, los manuales cumplen funciones mucho más terrenales.
Sirven para rellenar la caja cuando la guardamos por si acaso, para nivelar una mesa coja, para envolver un tornillo que no sabemos de dónde ha salido o para recordarnos que, efectivamente, no tenemos ni idea de qué significan esos iconos que parpadean en el microondas.
También sirven como prueba de que el fabricante ha hecho su parte: Ahí lo tienes, usuario, si no lo entiendes, no es culpa nuestra. Y, por supuesto, sirven para que uno se sienta un poco rebelde al ignorarlos por completo y pulsar botones hasta que algo suceda.
El misterio de los dibujos incomprensibles
Los manuales están llenos de ilustraciones que pretenden aclarar lo que el texto oscurece, pero que a menudo generan más dudas. Esas manos sin dedos, esos electrodomésticos sin forma definida, esas flechas que apuntan a la nada… todo parece diseñado para que uno dude de su propia inteligencia.
A veces da la impresión de que los dibujantes trabajan con la consigna de que se entienda lo justo, pero no demasiado, como si el manual fuera un acertijo que solo se resuelve por iluminación divina.
¿Sirven para algo?
La respuesta es sí… pero no como nos prometen.
Sirven para tranquilizar la conciencia del fabricante, para recordarnos que la teoría existe aunque vivamos en la práctica, y para que, en un momento de desesperación absoluta, podamos hojearlos buscando una frase salvadora que casi nunca aparece. Sirven, sobre todo, para recordarnos que la humanidad ha sobrevivido siglos sin manuales y que la mayoría de electrodomésticos se entienden mejor a base de intuición, ensayo, error y un poco de fe.
Manuales de instrucciones. Homenaje
Los manuales de instrucciones son como ese amigo bienintencionado que siempre da consejos que nadie sigue. Están ahí, hacen lo que pueden, intentan ayudarnos… y nosotros los ignoramos con cariño.
Quizá no sirvan para mucho en nuestro día a día, pero cumplen una función simbólica: recordarnos que, incluso en la era de la tecnología avanzada, seguimos siendo criaturas que aprenden pulsando botones al azar. Y, visto así, quizá merecen un poco más de respeto del que les damos.




