La E no entra. Está. No golpea la puerta, no se anuncia, no se exhibe. Simplemente aparece, como el aire, como el agua, como el verbo que se desliza sin esfuerzo. Es la vocal que no necesita alarde porque ya lo ha dicho todo.
La más usada, sí, pero no por costumbre: por necesidad. La E es la vocal que sostiene el idioma sin pedir protagonismo. Está en el centro de las palabras, en los bordes, en los silencios que se llenan. Es la vocal que no falla, porque no busca brillar: busca estar.
Visualmente, es una letra abierta, casi hospitalaria. Tres líneas horizontales que se ofrecen, que acogen, que no cierran. Si la A es un triángulo y la O un círculo, la E es un umbral. En ella no hay clausura, sino tránsito. Es la vocal que permite entrar, que deja pasar, que no impone forma sino ritmo.
La eterna E que siempre está
En español, la E es la vocal más frecuente. No por azar, sino porque es la que mejor se adapta. Está en el presente, en el ser, en el tener, en el querer. Está en el nombre de las cosas y en el verbo que las mueve. Sin E no hay gente, ni mente, ni suerte. Es la vocal que articula lo humano sin necesidad de adornos.
Históricamente ha sido la vocal de la resistencia. En los lipogramas —esos textos que se escriben evitando una letra— la E es la más difícil de esquivar. Georges Perec lo intentó en La Disparition (1969), una novela sin E y el resultado fue una proeza, sí, pero también una confesión: para que el lenguaje funcione, la E debe estar.
En la poesía es la vocal del eco, del lamento, del ensueño. Está en verde, en leve, en eterno. Es la vocal que alarga el verso sin romperlo, que permite que la palabra respire. En la música, es la nota que vibra en el centro del pentagrama, ni aguda ni grave, como si quisiera recordarnos que la belleza está en el equilibrio.
La que nunca falla
La E no falla porque no exige. No es la vocal que se impone, sino la que se ofrece. Está en el plural que nos incluye, en el femenino que nos nombra, en el gerundio que nos mueve. Es la vocal que acompaña, que sostiene, que no abandona.
En los nombres propios, aparece como una promesa: Elena, Teresa, Mercedes. En los comunes, como una certeza: gente, puente, fuente. Es la vocal que une sin ruido, que enlaza sin peso. La que permite que el lenguaje fluya sin tropiezos.
Corolario
Es la vocal que no necesita defensa porque ya es refugio. La más usada, sí, pero también la más fiel. La que está en todo sin estar en exceso. La que no falla porque no pretende. La que permanece porque no exige. La E es la letra que nos acompaña incluso cuando no la nombramos. Por eso es eterna.




