Dios lo quiere

abril 16, 2026

NOTA PREVIA. El contenido que sigue a esta nota fue escrito por mí, Fernando Cosculluela, el 4 de febrero de 2026. La publicación en estas humildes pero sensibles páginas de hablarydecir.com es obra de mi hijo Kiko, a quien le encomendé que lo hiciera tras mi fallecimiento (que se ha producido ayer- día 15 de abril de 2026).

Sí, Dios lo quiere

Sin eufemismos ni acolchados: Dios lo quiere, y ante esa Voluntad mayor no caben rebeliones ni lamentos. En hablarydecir, nuestra condición inembargable de católicos solo nos autoriza a sostener lo que asumimos libremente aquel septiembre de 2024, cuando reconocimos la existencia del mal —de nuestro mal asesino—.

Desde entonces, casi año y medio de porfía, de ambición vital, de ilusiones y de encomiendas. Casi año y medio de esperanza, pero también de meditación, de convicciones y de coraje. La vida nunca puede con la muerte, pues esta es voluntad de Dios; y no solo la acatamos, sino que la bendecimos con humildad y también, claro, con resignación y dolor.

Creí que Dios nos tiene en el mundo mientras seamos útiles para algo, y esa es una sensación que mantengo inalterable desde aquel ya lejano 2008 cuando sufrí mi primer infarto. Todo lo posterior es un regalo de la vida que, modestamente, creo que he aprovechado, al menos parcialmente. ¡18 años de propina!, no muchos pueden afirmarlo.

Han sido 18 años de sinsabores, de victorias, de fracasos y de penumbras, de combates no siempre en buena lid, pero también de logros y alegrías. Por supuesto, 18 años de ilusión, de certezas y de fortalezas, de reciedumbre, de rebeldía, pero también de caídas.

Ya no es posible

La vida se difumina: Dios ya me está llamando porque mi batalla en este mundo ha concluido.

Dos herencias dejo. La primera es personal: un hijo sensato, bueno, inteligente y trabajador. A él solo le pido que me recuerde, que sepa aplicar las cosas que haya podido enseñarle. Ya le escribí un relato contenido en mi libro (como coautor) ‘Inermes e inertes’. Todo su contenido se mantiene invariable; como suele decirse, ha envejecido bien. Ya será desde el Cielo cuando siga infundiéndole ánimos, cuando me desviva (curioso verbo para la ocasión) para seguir potenciando su espíritu crítico y su amor por el bien, que, desde luego, existe pese a que no lo parezca.

Mi segunda herencia son mis obras, mis actos, mis hechos, mis aprendizajes y mis enseñanzas. Desde aquella obra pionera llamada Leggio, Contenidos y Aplicaciones Informáticas, S.L. que, posteriormente se plasmó en www.noticiasjuridicas.com, hasta lo más reciente.

Aquello se me arrebató con formas que no pienso juzgar ni analizar; cada cual tiene su conciencia, pero nadie será capaz de privarme de mi orgullo y mi satisfacción inalterable desde aquel tristemente célebre 4 de julio de 2002, cuando las malas artes me difuminaron.

Desde abril de 2024, cinco meses antes de conocer la invasión que se produjo originalmente en mi pulmón izquierdo, he trabajado concienzudamente en hablarydecir, una obra que no todos han sido capaces de entender. ¿Cómo un hombre como yo, con recursos económicos muy limitados, era capaz de trabajar cinco, seis o nueve horas diarias -diarias de todos los días- sin percibir nada económicamente?

En mi fuero interno no es necesaria explicación alguna, pero responderé a la cuestión: porque el dinero solo sirve para poder vivir y eso, de una u otra forma podía hacerlo. Mi propósito inicial fue aprender. Conforme iba avanzando en calidad y cantidad de contenidos, iban modificándose también las expectativas. Últimamente he llegado a comentar que hablarydecir es mi pequeña enciclopedia personal, donde el criterio es, exclusivamente, mi gusto personal. A día de hoy (escribo esto el 4 de febrero de 2026, una semana y un día después de cumplir 67 años), hay 2.658 artículos publicados con enorme variedad de contenidos, y eso es otra satisfacción que tampoco nadie será capaz de apropiársela.

Gracias, disculpas y adiós

Quiero primero manifestar mi agradecimiento a aquellos que me hicieron daño voluntaria y conscientemente. Gracias a ellos forjé un carácter imprescindible para haber podido vivir el resto de mis días.

También a los que lo hicieron involuntaria o inconscientemente. Con ellos, además de por lo anterior, aprendí a relativizar solo lo que puede relativizarse. Me enseñaron conceptos como la bonhomía y la reciedumbre, que desde entonces he intentado que fueran siempre mis más leales compañeros.

Este cascarrabias de manual, como se me ha llamado en varias ocasiones, se va previa despedida. Confío en que el destino sea stricto sensu divino pero cuando yo lo confirme no se lo contaré a nadie. Y confío en ese destino por fe, pero también por arrepentimiento, que uno lleva una sobrecarga de pecados que, a veces, me hacen doblar la espalda.

Por ese arrepentimiento me excuso ante todos aquellos a quienes he podido perjudicar (y no recuerdo a nadie a quien se lo haya hecho voluntariamente, aunque reconozco que ganas no me faltaron en varias ocasiones). Sé que ahora, con el ritmo textualmente endemoniado que llevamos en la vida, esas excusas muchos las considerarán inútiles. No lo son. No lo son porque, pese a todo, nuestro mundo sigue teniendo valores, los del humanismo cristiano. El confortamiento no siempre es pragmático; lo moral es un punto superior.

Y un ruego

El desánimo debe desaparecer. Yo he sido en vida un hombre radical porque siempre he intentado ir a la raíz de los problemas o las situaciones: es la única forma de satisfacer expectativas. Las flores son hermosas, pero si desaparecen, otras vendrán. Si atacamos, en cambio, a la raíz, con nuestra victoria desterraremos el mal. Desde Allá os animaré.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la civilización cristiana! ¡Viva España, grande y libre! Y, si me permitís la licencia, ¡Viva el Real Zaragoza!

 

NOTA FINAL 1. Espero que el primer verano en el que yo ya no esté presente en el mundo, Santiago Abascal Conde sea presidente del gobierno español. Otro pelo nos lucirá a partir de entonces.

NOTA FINAL 2. También espero que el Real Zaragoza deje de vagar por la indigencia y consiga levantarse para volver a ser lo que nuestros ojos vieron y nuestra alma sintió.

 

 

 

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