Toribio Alfonso de Mogrovejo nació en 1538 en Mayorga (Reino de León), en una familia hidalga profundamente cristiana. Aunque no perteneció a una orden religiosa —era clérigo secular—, llevó desde joven una vida ascética y disciplinada que muchos contemporáneos describieron como la de un fraile en todo menos en el hábito.
Su educación temprana transcurrió en un ambiente donde la disciplina intelectual y la religiosidad convivían sin fricciones, algo que marcaría su carácter. Tras estudiar en Valladolid, ingresó en la Universidad de Salamanca, donde se formó en derecho civil y canónico con una brillantez que lo llevó a ocupar la cátedra de Prima de Cánones, una de las más prestigiosas del Estudio salmantino.
Su reputación como jurista y humanista creció rápidamente, hasta el punto de que Felipe II lo nombró inquisidor en Granada, un cargo reservado a perfiles de absoluta solvencia intelectual y moral.
Mogrovejo. Arzobispo para el Nuevo Mundo
En 1579, el rey propuso su nombre para ocupar la archidiócesis de Lima, una de las más extensas y complejas del mundo hispánico. Mogrovejo no era sacerdote, pero fue ordenado de forma acelerada y consagrado obispo antes de partir hacia el virreinato del Perú. Su llegada a Lima en 1581 coincidió con un momento de tensiones sociales, diversidad cultural y desafíos pastorales que exigían una figura capaz de combinar autoridad, sensibilidad y visión de largo alcance.
Desde el inicio, Mogrovejo entendió que gobernar aquella diócesis significaba recorrerla. Y lo hizo de manera exhaustiva: realizó tres visitas pastorales que sumaron más de 40.000 kilómetros a pie o a caballo, atravesando cordilleras, valles y territorios donde apenas había presencia institucional.
En esos viajes conoció de primera mano la realidad indígena, la situación de los encomenderos, las dificultades de los misioneros y la complejidad lingüística del territorio.
Reformas, educación y cultura
Su labor transformadora se manifestó en múltiples frentes. Reorganizó la administración eclesiástica, impulsó la disciplina del clero y convocó el III Concilio Limense (1582‑1583), uno de los más importantes de América, cuyas decisiones marcaron la evangelización del continente durante siglos. Bajo su impulso se elaboraron catecismos y doctrinas en quechua y aimara y se establecieron normas para la predicación en lenguas indígenas, algo excepcional en la época.
Fundó el primer seminario conciliar de América en 1591, en cumplimiento del Concilio de Trento, y promovió escuelas y centros de formación para indígenas y mestizos. Su preocupación por la educación no fue retórica: entendía que la evangelización y la justicia social pasaban por el acceso al conocimiento.
Legado social y humano
Mogrovejo defendió a los pueblos originarios frente a abusos y arbitrariedades, intervino en conflictos locales y actuó como mediador entre autoridades civiles y comunidades indígenas. Su figura se convirtió en un referente moral en un territorio donde la distancia entre la ley y la práctica era a menudo abismal.
Murió en 1606 en Zaña, agotado por sus viajes pastorales, y en 1726 fue canonizado, reconocimiento que consolidó su prestigio espiritual y su influencia en la historia de la Iglesia en América
Su legado no es solo religioso: es también jurídico, lingüístico, cultural y administrativo. Fue un constructor de instituciones en un territorio inmenso y diverso, y un observador de las realidades humanas que lo rodeaban.
Mogrovejo. ¿Por qué polímata?
Aunque la historiografía lo ha encuadrado casi exclusivamente como arzobispo y santo, Toribio de Mogrovejo encarna un perfil intelectual mucho más amplio. Su formación universitaria lo situó entre los juristas más competentes de su generación, y su dominio del derecho civil y canónico se combinó con una sólida base humanística adquirida en Salamanca.
En América, esa formación se expandió hacia campos que hoy llamaríamos interdisciplinarios: aprendió quechua, aimara, guajivo, guajoya y tuncha para comunicarse directamente con las comunidades indígenas; aplicó criterios jurídicos, administrativos y pastorales en la reorganización de una diócesis gigantesca; impulsó la producción de textos bilingües que hoy son fuentes lingüísticas de primer orden y desarrolló una comprensión etnográfica práctica de las sociedades andinas que influyó en su acción pastoral.
Su capacidad para integrar saberes —derecho, lenguas, administración, teología, cultura indígena, educación— y aplicarlos, además, de manera coherente en un territorio complejo lo sitúa en la tradición de los grandes humanistas del siglo XVI. No fue un polímata en el sentido renacentista, pero sí un hombre de conocimientos amplios, transversales y operativos, cuya obra abarcó múltiples campos del saber y dejó huella en la historia cultural de América.




