Michele Angiolillo Lombardi nació en Foggia (Italia) el 5 de junio de 1871. Desde joven se sintió atraído por las ideas revolucionarias que circulaban en los círculos obreros y tipográficos del sur de Europa.
Su oficio como impresor lo puso en contacto con publicaciones subversivas y durante su servicio militar comenzó a leer textos anarquistas. En Italia, participó en manifestaciones contra el gobierno de Francesco Crispi, lo que le valió una condena por publicar artículos considerados peligrosos por las autoridades. Esta experiencia reforzó su convicción de que el Estado era una maquinaria de violencia que debía ser combatida.
La radicalización de Angiolillo, asesino de Cánovas
Angiolillo recorrió Europa como activista itinerante. En Marsella perfeccionó su oficio de tipógrafo y en Barcelona, en 1895, trabajó en la imprenta del periódico Ciencia Social, donde se relacionó con anarquistas catalanes.
Fue testigo de la tensión entre el Estado español y el movimiento obrero y vivió de cerca la presunta represión que se intensificó tras el atentado contra la procesión del Corpus Christi en Barcelona en 1896. Aunque él no participó en ese ataque, el proceso judicial que siguió —conocido como el Proceso de Montjuïc— lo indignó profundamente. Decenas de anarquistas fueron detenidos arbitrariamente, torturados y condenados sin pruebas sólidas, o eso se decía. Las denuncias de brutalidad en el castillo de Montjuïc se difundieron por toda Europa y Angiolillo decidió que debía actuar.
Angiolillo. El crimen
En su paso por París, Angiolillo conoció al revolucionario puertorriqueño Ramón Emeterio Betances, quien lo convenció de que el verdadero responsable de la represión en España no era la monarquía, sino Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros. Cánovas era el arquitecto del sistema de la Restauración, defensor del orden conservador y principal impulsor de la represión contra los movimientos obreros. Angiolillo abandonó su idea inicial de atentar contra la familia real y centró su objetivo en Cánovas.
El 8 de agosto de 1897, Angiolillo llegó al balneario de Santa Águeda, en Mondragón (Guipúzcoa), donde Cánovas descansaba. Se presentó bajo el nombre falso de Emilio Rinaldini, como supuesto corresponsal del periódico italiano Il Popolo. Cuando tuvo la oportunidad, se acercó al político mientras este leía el periódico y le disparó tres veces. Cánovas murió en el acto. Angiolillo no intentó huir; fue arrestado inmediatamente y declaró que su acto era una venganza por las torturas de Montjuïc.
El asesino de Cánovas. Juicio y ejecución
El juicio fue breve y sumario. Fue condenado por un tribunal militar y ejecutado por garrote vil el 20 de agosto de 1897 en Vergara. En el momento de su muerte gritó ¡Germinal!, evocando el mes revolucionario del calendario republicano francés y el renacimiento de la lucha obrera.
El asesinato de Cánovas tuvo gran impacto político. Aunque no provocó una revolución, debilitó la estabilidad del sistema restauracionista y evidenció la radicalización de los movimientos anarquistas. El Estado respondió con más represión, pero también con cierta introspección sobre los métodos utilizados en Montjuïc. Angiolillo se convirtió en un símbolo de la propaganda por el hecho, corriente anarquista que defendía la violencia como herramienta legítima para despertar la conciencia social.
Su figura sigue siendo polémica: aún hay algunos que, asombrosamente, lo consideran un mártir de la causa obrera, siendo un asesino que eligió el camino del terror.
Desde hoy, Michele Angiolillo Lombardi, asesino de Cánovas, es uno más de los presos que encerramos entre los Criminales y otros delincuentes de hablarydecir.com