Ernesto Sábato (1911–2011) encarna una de las trayectorias intelectuales más singulares del siglo XX hispanoamericano. Formado en la Argentina profunda, hijo de inmigrantes y marcado por una sensibilidad precoz hacia la injusticia y la introspección, su vida fue un tránsito constante entre mundos que rara vez se tocan: la física teórica, la literatura existencial, la pintura y la acción cívica.
Su figura conserva ese magnetismo extraño de quienes no se conforman con una sola identidad y buscan, en cada disciplina, una forma distinta de interrogar la condición humana.
Ernesto Sábato. De la ciencia al humanismo
Antes de convertirse en escritor, Sábato fue un científico brillante. Doctorado en Física en la Universidad de La Plata, trabajó en París con el equipo de Irene Joliot‑Curie y continuó su formación en Estados Unidos. Ese contacto con la ciencia de frontera lo fascinó y lo inquietó a la vez.
La creciente tecnificación del mundo, la amenaza nuclear y la sensación de que la ciencia podía deshumanizar al individuo lo empujaron a una crisis personal que desembocó en un giro radical: abandonar la investigación y dedicarse por completo a la literatura y al pensamiento humanista. Ese tránsito se convirtió en la base de su mirada crítica sobre la modernidad.
La obra literaria y ensayística
Su entrada en la literatura fue tan abrupta como decisiva. El túnel lo situó de inmediato en el mapa internacional con una voz propia, áspera, introspectiva y obsesionada con la culpa y la verdad.
Más tarde, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador consolidaron un universo narrativo donde confluyen la psicología profunda, la historia argentina, la metafísica y una sensibilidad pictórica que atraviesa cada página. Paralelamente, sus ensayos —sobre el hombre contemporáneo, la técnica, el arte y la crisis espiritual de Occidente— ampliaron su figura hasta convertirlo en un referente moral y filosófico para varias generaciones.
La pintura: otra forma de búsqueda
Menos conocida pero igualmente significativa es su obra pictórica. Sábato pintó durante décadas, no como pasatiempo, sino como una vía expresiva que le permitía explorar zonas que la palabra no alcanzaba.
Sus cuadros, de trazo oscuro y gestual, se funden con su literatura: la angustia existencial, la fragilidad del ser, la tensión entre luz y sombra. La pintura fue para él un territorio íntimo, una forma de pensamiento visual que completaba su universo creativo.
Compromiso y conciencia
La dimensión pública de Sábato alcanzó su punto culminante cuando presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), cuyo informe Nunca Más se convirtió en un documento esencial para la recuperación democrática argentina. Su participación no fue la de un técnico ni la de un político, sino la de un intelectual que asumió la responsabilidad ética de dar voz a las víctimas y fijar una memoria colectiva. Ese gesto reforzó su imagen de figura moral en un país herido.
Ernesto Sábato, polímata
La palabra polímata no se aplica a Sábato por capricho.
Su vida y su obra abarcan territorios que suelen pertenecer a perfiles muy distintos: la física nuclear, la literatura de alta exigencia, el ensayo filosófico, la pintura expresionista y la acción cívica en momentos decisivos.
No se trata solo de haber transitado varias disciplinas, sino de haber dejado una huella reconocible en todas ellas. Su pensamiento científico nutrió su crítica a la técnica; su sensibilidad artística impregnó su narrativa; su compromiso ético se proyectó en su obra ensayística y en su participación pública. Esa intersección constante convierte a Sábato en un caso excepcional dentro de la cultura hispanoamericana.




