Fray Juan de Aravaca, nacido en la primera mitad del siglo XVIII, pertenece a esa generación de clérigos ilustrados cuya actividad intelectual se entrelazó con la vida cultural madrileña.
Fray Juan de Aravaca. Sus inicios
Formado en el seno de la Congregación del Salvador del Mundo de Madrid, donde ejerció como presbítero, desarrolló pronto una reputación de hombre aplicado, prudente y dotado para el examen crítico de textos. Su prestigio como lector atento y censor riguroso lo llevó a desempeñar el cargo de censor del Consejo de Castilla, una posición que lo situó en el centro de los debates literarios y doctrinales de su tiempo.
Su actividad
La labor crítica que ejerció lo puso en contacto con figuras relevantes del mundo académico y aristocrático, especialmente con miembros próximos a la Real Academia Española, con quienes trabó amistad y colaboración. En este contexto redactó diversos informes literarios sobre obras de relieve: el dedicado a Memorias de París (1751) de Ignacio de Luzán; el relativo al tomo VI de la España sagrada (1751) de Enrique Flórez; y, ya más tarde, el informe sobre el tomo V de la Historia literaria de España (1777) de Rafael y Pedro Rodríguez Mohedano.
Estos dictámenes, siempre ponderados y minuciosos, consolidaron su reputación como crítico fiable y trabajador.
Paralelamente, Aravaca cultivó una obra propia de carácter religioso, centrada en oraciones panegíricas y fúnebres. Entre ellas destacan la oración funeral por Fernando VI y la Relación de las magníficas exequias celebradas por la Santa Hermandad del Refugio y Piedad en enero de 1760, así como la oración fúnebre que él mismo pronunció en dichas ceremonias. Son textos que revelan su dominio del género oratorio y su sensibilidad para la solemnidad litúrgica.
Juan de Aravaca en la RAE
Su vinculación con la RAE fue fruto natural de este prestigio acumulado. El 9 de febrero de 1764 fue admitido como académico supernumerario, reconocimiento que premiaba su solvencia intelectual y su cercanía al círculo académico.
Tres años después, el 7 de abril de 1767, tomó posesión de su asiento como académico de número, iniciando así una etapa de casi dos décadas de dedicación constante y silenciosa, acorde con la personalidad recatada y laboriosa que le atribuyen las fuentes. Sustituyó en la silla X de la RAE a José Velasco tras su fallecimiento.
Trabajo académico: Diccionario y Gramática
Dentro de la institución, Aravaca se convirtió en uno de los trabajadores más tenaces del proyecto lexicográfico. Fue nombrado revisor del Diccionario de autoridades y participó activamente en los preparativos de las ediciones de 1770 y 1780. Su entrega queda ejemplificada en el acta del 9 de diciembre de 1777, donde, según recoge Alonso Zamora Vicente, presentó 3.064 cédulas de corrección y aumento de todo el Diccionario y ordenó que se las pagaran. La cifra, extraordinaria, ilustra la magnitud de su contribución.
Su labor no se limitó al Diccionario. El 7 de julio de 1767, el director de la Academia, Fernando de Silva Álvarez de Toledo, lo designó —junto a Juan Trigueros— encargado de la primera Gramática académica. Aravaca revisó todos los materiales existentes, colaboró en la redacción de los preliminares y participó en la comisión que presentó la obra impresa al rey Carlos III el 26 de marzo de 1771. La Gramática, publicada ese mismo año, constituye uno de los hitos fundacionales de la doctrina lingüística académica, y Aravaca figura entre sus artífices discretos pero indispensables.
Corolario
Juan de Aravaca falleció el 4 de febrero de 1786, tras diecinueve años de servicio continuado en la RAE.
Su legado no se mide por grandes obras personales ni por gestos públicos, sino por la constancia, la minuciosidad y la seriedad con que sostuvo los trabajos internos de la institución. Fue uno de esos académicos cuya huella se reconoce en la solidez de las obras colectivas más que en la notoriedad individual: un revisor incansable, un colaborador fiable y un representante ejemplar del espíritu laborioso de la Academia en el siglo XVIII.




