No sé si a usted le pasa lo mismo, pero a mí me alteran sobremanera esas gentes que ni siquiera respetan la ortografía de sus propios nombres. Hoy vamos con uno de ellos, aunque parece que la responsabilidad final no es suya en este caso, sino de la entidad convocante: Ibercaja, que no creo que pretenda convencernos de que un corrector es un lujo inasumible…
El objeto del debate
Un cartel pretende convocar a un acto cultural con la solemnidad de las grandes civilizaciones antiguas, pero tropieza en lo elemental: la revisión mínima del texto. Un descuido así, en un anuncio institucional, revela más prisa que rigor.
Los nombres importan
En el cartel el nombre aparece escrito como Valentin Dieste, sin tilde, y eso en español es incorrecto. El nombre propio Valentín lleva tilde siempre, sin excepciones. No es una variante opcional ni una forma extranjera adaptada: en español solo existe Valentín.
Así que el fallo es claro y objetivo: el cartel comete un error ortográfico en el nombre del ponente.
¿Por qué se acentúa Valentín?
Valentín lleva tilde porque en español es una palabra aguda que termina en n, y todas las palabras con ese patrón se acentúan en la última sílaba. No es una excepción ni una rareza: forma parte de la regla general de acentuación. Por eso escribimos Valentín, igual que Martín o José. La versión sin tilde, Valentin, simplemente no es correcta.
En español no puede aducirse que los nombres propios estén exentos de las reglas ortográficas. Es un argumento que se oye a veces, pero no tiene respaldo normativo.
Distinto es cuando el nombre es extranjero y se mantiene en su grafía original (Valentin en francés, Martin en inglés, Jose en portugués). Pero si el nombre es español se escribe con la ortografía española.
Los nombres importan. Conclusión
El cartel es formalmente correcto salvo por un detalle que, en un contexto cultural y patrocinado, no debería fallar jamás: la ortografía del nombre propio.
Un error así arruina la seriedad del acto, proyecta descuido y deja en evidencia a la institución que lo firma. En un anuncio cultural, el nombre del ponente es sagrado.
Si además lo publicamos en la Galería de hablarydecir, la condena es inminente, inmutable y rotunda.




