Matilda Joslyn Gage

enero 10, 2026

Matilda Joslyn Gage ocupa un lugar singular en la historia del feminismo estadounidense y mundial: no fue la más celebrada, ni la más citada, ni la más institucional. Fue, más bien, la que empujó los límites hasta donde sus contemporáneas no siempre quisieron llegar.

Su nombre aparece a menudo en la sombra de Stanton y Anthony, pero su pensamiento —más radical, más sistemático, más incómodo— anticipó debates que tardarían décadas en encontrar lenguaje.

Matilda Joslyn Gage. Infancia

Nacida en 1826 en un hogar abolicionista, Gage creció en un ambiente donde la desobediencia moral era una práctica cotidiana. Desde muy joven entendió que la ley no siempre coincide con la justicia, y que la autoridad —política, religiosa o doméstica— debía ser examinada con sospecha.

Esa educación temprana moldeó una convicción que la acompañaría toda la vida: la libertad no se mendiga, se ejerce.

El feminismo como ruptura, no como reforma

Mientras el movimiento sufragista se consolidaba en torno a estrategias moderadas, Gage insistía en que el voto era solo una pieza de un problema mayor.

Su crítica apuntaba al entramado completo: la subordinación legal, la dependencia económica, la autoridad eclesiástica y la estructura patriarcal incrustada en la vida cotidiana. Para ella, la emancipación femenina no era una concesión legislativa, sino una transformación cultural. Esa postura la llevó a tensiones constantes con las corrientes más pragmáticas del movimiento, que preferían avanzar paso a paso.

La Iglesia como frontera ideológica

Uno de los rasgos más distintivos de su pensamiento fue su crítica abierta al poder religioso. Gage sostenía que la Iglesia había sido la institución más persistente en la opresión de las mujeres y lo argumentó con una contundencia que escandalizó incluso a sus aliadas. Su obra Woman, Church and State no buscaba matices: era un alegato directo contra la alianza histórica entre dogma y desigualdad.

Esa franqueza la situó en un territorio incómodo, pero también la convirtió en una de las voces más lúcidas de su tiempo.

El efecto Matilda

Matilda Joslyn Gage denunció que las mujeres eran sistemáticamente despojadas de sus ideas, sus descubrimientos y su autoría. Un siglo después, ese mecanismo sería bautizado como Efecto Matilda, precisamente porque su propia obra fue minimizada, atribuida a otras y relegada en la narrativa oficial del movimiento sufragista. Su vida no solo lo ejemplifica: lo anticipa, lo explica y lo padece.

El poder del relato

Gage no solo militó: escribió, editó, polemizó. Su participación en la History of Woman Suffrage fue decisiva, aunque más tarde su nombre sería relegado en las versiones oficiales del movimiento.

Su estilo combinaba erudición y claridad y tenía la capacidad de convertir argumentos complejos en afirmaciones que interpelaban directamente al lector. Sabía que la lucha política también se libra en el terreno de la narrativa.

Matilda Joslyn Gage. Herencia y presencia

A diferencia de otras figuras del sufragismo, Gage no buscó acomodarse a las expectativas sociales ni suavizar sus posiciones. Esa intransigencia intelectual tuvo un costo: su legado quedó durante décadas en un segundo plano, eclipsado por voces más conciliadoras.

Sin embargo, la historiografía reciente la ha recuperado como una pensadora imprescindible para entender el feminismo estadounidense en toda su amplitud, no solo en su versión más institucional.

Hoy, la figura de Matilda Joslyn Gage reaparece con una fuerza renovada. Su crítica a las estructuras de poder, su defensa de la autonomía femenina y su lectura política de la cultura resuenan en debates contemporáneos que ella anticipó con sorprendente claridad.

No fue la más celebrada de su generación, pero sí una de las más visionarias. Y quizá por eso, Gage es una figura que sigue pensando por nosotros.

Silueta de Matilda Joslyn Gage parcialmente borrada por una goma, sobre fondo sepia

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