No colarse en una fila

agosto 30, 2025

¿Para qué sirve no colarse en una fila?

Es, en apariencia, un gesto menor. Pero en realidad, es una de las formas más simples y eficaces de sostener el pacto social.

Las filas —esas serpientes humanas que se forman frente a mostradores, taquillas o barras de pan— son una manifestación espontánea de civilización. Nadie las impone por decreto, pero todos las entendemos. Y respetarlas es aceptar que, por muy urgente que sea nuestro deseo, no estamos solos en el mundo.

No colarse. Metáfora de justicia

Cuando uno se abstiene de colarse, está reconociendo que el tiempo de los demás vale tanto como el propio. Es un acto de justicia cotidiana, sin toga ni martillo. En la fila, todos somos iguales: el que tiene prisa, el que no tiene nada que hacer, el que lleva un niño en brazos o el que simplemente quiere su café. Saltarse ese orden es declarar que uno merece más que los demás, sin juicio ni argumento. Y eso, aunque no lo digamos, nos irrita profundamente.

El colador como figura trágica

El que se cuela no siempre lo hace por maldad. A veces es torpeza, otras veces impaciencia y en ocasiones una mezcla de narcisismo y despiste. Pero lo curioso es que, al hacerlo, se convierte en protagonista involuntario de una escena incómoda. Todos lo ven, todos lo juzgan, y él —aunque finja no notarlo— lo sabe.

Colarse en una fila es como romper el silencio en una sala de espera: no está prohibido, pero revela mucho más de uno de lo que conviene.

No colarse. Escuela de paciencia

No colarse también sirve para entrenar una virtud en vías de extinción: la paciencia. Esperar nuestro turno nos obliga a convivir con el tiempo, a observar, a pensar, incluso a conversar.

En un mundo que premia la inmediatez, la fila nos recuerda que hay cosas que no se aceleran sin coste. Y que, a veces, lo que se gana por adelantarse se pierde por no saber esperar.

El turno como forma de respeto

No colarse en una fila sirve, en definitiva, para recordarnos que el respeto no siempre se expresa con palabras.

A veces basta con quedarse quieto, mirar al frente y esperar. Porque en ese gesto sencillo se esconde una forma de decir: Yo también soy parte de esto. Y no me creo más que tú.

Cuatro personas en fila reaccionan con enojo mientras un joven intenta colarse; una mujer mayor lo detiene agarrándolo del brazo

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