Tras tres platos de origen español, continuamos la sección ¿Qué comemos? cruzando el charco para presentar uno genuinamente chileno.
El pastel de choclo combina dos elementos transparentes en el ámbito andino: pastel, en su acepción hispánica de preparación horneada con base de masa o mezcla espesa, y choclo, voz quechua (choccllo, chuqllu) que designa el maíz tierno, aún lechoso, anterior al maíz seco o maduro.
La etimología ya anuncia la esencia del plato: una preparación horneada cuyo protagonista no es la harina sino el maíz fresco triturado, con su dulzor natural y su textura cremosa.
Pastel de choclo. Origen
El pastel de choclo es un plato puramente chileno, aunque su genealogía se hunde en la cocina prehispánica del maíz tierno.
Antes de la llegada de los españoles, el maíz era base alimentaria en todo el mundo andino y existían múltiples preparaciones de pasta de maíz molido y cocido. La colonización introdujo la carne vacuna, el pollo, las aceitunas y los métodos de horneado europeos, y de esa fusión surgió la estructura que hoy reconocemos: una capa inferior de pino (carne picada con cebolla y especias) y una cubierta de pasta de choclo que se gratina hasta formar una costra dorada.
El plato cristaliza, por tanto, un encuentro entre técnicas indígenas y aportes coloniales, y se consolida en el siglo XIX como preparación doméstica y festiva en la zona central de Chile.
Ingredientes y construcción culinaria
La base del pastel es una mezcla de choclo fresco molido con albahaca, leche y, en ocasiones, un toque de azúcar para equilibrar la acidez del maíz. Esa pasta se convierte en una especie de crema espesa que, al hornearse, adquiere una textura entre budín y polenta suave.
El relleno combina carne de vacuno picada, cebolla sofrita, comino, ají de color y caldo, a lo que se suman elementos de herencia hispana como las aceitunas negras, las pasas y los huevos duros.
La superposición de capas y el gratinado final son parte esencial de su identidad: el contraste entre lo dulce del maíz y lo salado del relleno es el sello sensorial del plato.
Consumo y extensión geográfica
El pastel de choclo tiene su epicentro en la zona central de Chile, donde el cultivo de maíz tierno y la tradición de hornos de barro favorecieron su desarrollo.
Es un plato estacional: históricamente se preparaba en verano, cuando el choclo está en su punto óptimo. Con el tiempo se ha convertido en un emblema nacional, presente en fondas, restaurantes tradicionales y celebraciones familiares.
Su difusión internacional es escasa pero significativa: aparece en cocinas de la diáspora chilena en Argentina, Estados Unidos y Europa, y suele ser uno de los platos que mejor representan la identidad culinaria chilena en eventos culturales y gastronómicos. En Perú y Bolivia hacen preparaciones con maíz tierno horneado, pero ninguna replica exactamente la estructura chilena.
Pastel de choclo. Curiosidades
El pastel de choclo comparte parentesco con el pastel de papa y con la humita en olla, pero su carácter híbrido lo distingue: no es un tamal, no es un guiso y tampoco es una empanada, aunque toma elementos de los tres.
En la literatura chilena aparece como símbolo de hogar y verano, y en la memoria popular se asocia a los hornos de barro y a las cocinas campesinas. La costra quemadita es tan apreciada que muchos comensales la consideran la parte más valiosa del plato. En algunas zonas rurales se prepara en fuentes de greda, lo que aporta un aroma terroso y una retención de calor que prolonga la experiencia sensorial.
Y, como detalle lingüístico, choclo es una de las pocas voces quechuas que se han naturalizado plenamente en el español de Chile, hasta el punto de que su origen indígena suele pasar inadvertido.




