El Padre Manjón

agosto 11, 2025

La figura del Padre Andrés Manjón representa uno de los intentos más sólidos y comprometidos de renovar la educación popular en España a finales del siglo XIX.

Sacerdote, jurista y pedagogo, su trabajo se centró en ofrecer una enseñanza accesible, cristiana y adaptada a las necesidades reales de los niños más desfavorecidos. Desde Granada, impulsó un modelo educativo que combinaba intuición, juego, contacto con la naturaleza y formación en valores. Esta semblanza revisa su trayectoria y el impacto duradero de su obra.

Padre Manjón. Sembrador de almas

En la Granada de finales del siglo XIX, entre el Sacromonte y las cuevas gitanas, surgió una figura que transformó la educación popular desde la raíz: el Padre Andrés Manjón.

Nacido en 1846 en Sargentes de la Lora (Burgos), en el seno de una familia humilde, su infancia estuvo marcada por la austeridad rural y una precoz vocación intelectual. Su madre y un tío sacerdote intuyeron en él una inteligencia singular, que lo llevó a estudiar Filosofía, Teología y Derecho en diversas ciudades españolas, culminando con un doctorado en Derecho Civil y Canónico.

Su carrera académica lo llevó a ocupar cátedras en Salamanca, Santiago de Compostela y finalmente en Granada, donde encontró no solo su destino profesional, sino también espiritual. En 1886, ya ordenado sacerdote, se instaló en la Abadía del Sacromonte. Desde su celda, observaba con inquietud a los niños gitanos que vagaban analfabetos por las laderas. Fue entonces cuando su vocación pedagógica se encendió con fuerza evangélica.

El nacimiento de una pedagogía viva

En 1889 fundó las Escuelas del Ave María, con el propósito de ofrecer una educación cristiana, accesible y profundamente humana a los niños más desfavorecidos. Lo que comenzó como una iniciativa local se convirtió en un movimiento pedagógico que cruzó fronteras. El método avemariano se basaba en la enseñanza intuitiva, el aprendizaje por experiencia directa, el uso del juego como herramienta didáctica y la integración de la naturaleza como espacio educativo. El aula no era una celda cerrada, sino un jardín abierto al mundo.

Su visión de la educación era integral: no solo debía formar intelectos, sino también corazones. El niño era visto como un ser en desarrollo, cuya formación debía ser gradual, artística, manual y profundamente espiritual. El maestro, por su parte, debía mirar hacia dentro, cultivar su alma y ejercer su labor como una vocación, no como una profesión.

El pensamiento que se hizo escuela

La obra escrita del Padre Manjón es abundante y despliega una filosofía educativa que defiende el protagonismo del alumno, la importancia de la familia en la formación y la necesidad de una pedagogía que no se limite a transmitir conocimientos, sino que despierte el alma. Su pensamiento se inscribe en una corriente esencialista, donde la educación es el camino hacia la plenitud del ser.

En 1905 creó el Seminario de Maestros, para formar docentes en su método y hacia 1918 las Escuelas del Ave María estaban presentes en más de treinta provincias españolas y en varios países de Hispanoamérica. Su influencia se extendió más allá de los muros escolares, alcanzando a pensadores, pedagogos y reformadores que vieron en su obra una alternativa viva frente a los modelos rígidos y academicistas de la época.

¿Qué nos dejó el Padre Manjón?

El Padre Manjón falleció en 1923, pero su obra no se extinguió con él. Las Escuelas del Ave María continúan activas, preservando el espíritu fundacional que las vio nacer.

Su modelo pedagógico, centrado en el respeto al niño, la formación en valores y el aprendizaje activo, sigue siendo fuente de inspiración en debates contemporáneos sobre educación personalizada y humanista.

Más que un pedagogo, Andrés Manjón fue un sembrador de almas. Su vida fue testimonio de cómo la fe, la inteligencia y el compromiso social pueden converger en una obra que transforma no solo mentes, sino destinos. En tiempos donde la educación se debate entre la técnica y la vocación, su figura resurge como faro de una pedagogía que no olvida que enseñar es, ante todo, un acto de amor.

Tome nota y ejecute, señora Alegría.

 

NOTA. La imagen que ilustra este texto procede de la Universidad de Granada.

¿Quién fue el Padre Manjón?

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