Durante décadas se repitió que la televisión debía formar, informar y entretener. Ese lema, tan citado como olvidado, no era una frase hueca: sintetizaba la responsabilidad pública de un medio que entra en millones de hogares y que, a diferencia de la prensa escrita, no permitía releer, detenerse o corregir mentalmente lo que aparece en pantalla.
Por eso los errores ortográficos en un programa informativo no son simples descuidos: son fallos que erosionan la credibilidad del medio y comprometen su función social.
El rótulo como contrato de veracidad
En un informativo, el rótulo es un acto de autoridad. Resume, orienta y fija el marco interpretativo de la noticia. Cuando en ese espacio aparece un disparate como parlamenaria o una palabra mal acentuada como auditoria, el espectador recibe un mensaje involuntario pero devastador: si no se cuida lo elemental, ¿cómo confiar en lo complejo?
La ortografía no es un adorno; es la primera garantía de rigor. Un rótulo mal escrito equivale a un presentador que pronuncia mal un nombre propio o que confunde un dato básico: rompe el pacto de confianza.
La apología del descrédito periodístico
La televisión informativa vive de su reputación. No puede permitirse que el espectador dude de su solvencia lingüística, porque esa duda se extiende de inmediato a la solvencia periodística.
Un error ortográfico no se percibe como un accidente técnico, sino como síntoma de desatención, improvisación o falta de profesionalidad. Y en un ecosistema mediático saturado, donde la desinformación circula con facilidad, cada signo de descuido alimenta la sospecha de que todo el contenido puede estar igualmente descuidado.
Formar implica escribir bien
Cuando se decía que la televisión debía formar, se hablaba precisamente de esto. La lengua que aparece en pantalla tiene un efecto pedagógico inmediato: legitima usos, fija normas, consolida hábitos.
Un rótulo incorrecto no solo desinforma; también deforma. Normaliza la incorrección y transmite la idea de que la precisión lingüística es irrelevante. En un país donde la televisión sigue siendo la principal fuente de información para amplias capas de la población, ese impacto no es menor.
El entretenimiento no justifica la dejadez
Incluso aceptando que la televisión contemporánea prioriza el entretenimiento, un informativo no puede rebajarse a la lógica del descuido. La espectacularización de la política, la urgencia del directo o la presión por llenar minutos no eximen de la obligación de escribir correctamente. La profesionalidad se demuestra precisamente en la capacidad de mantener estándares altos incluso en condiciones de rapidez y tensión.
Apología del descrédito
La televisión no suele caer en el descrédito por grandes escándalos, sino por pequeñas grietas que se repiten hasta hacerse estructurales. Un rótulo mal escrito es la celebración involuntaria de la dejadez, la constatación de que el estándar ha bajado tanto que ya nadie se detiene a corregir lo evidente.
Cuando un informativo normaliza la incorrección, está haciendo una auténtica apología del descrédito: convierte la falta en costumbre y la costumbre en norma. Y en ese punto, el error deja de ser un desliz para convertirse en una forma de mirar —y de escribir— el mundo.
La ortografía como ética del oficio
Permitir errores como parlamenaria o auditoria no es un problema estético, sino ético. La televisión tiene la responsabilidad de ofrecer un lenguaje claro, correcto y fiable. Cada rótulo es una pieza de ese compromiso. Cuando falla, no solo se comete una falta ortográfica: se vulnera la misión fundacional del medio. Informar, formar y entretener siguen siendo verbos vigentes, pero solo pueden conjugarse con credibilidad si la palabra —la herramienta básica del periodismo— se respeta en su forma más elemental.
NOTA. No es la primera vez que nos referimos a errores de esta clase, lo que demuestra que el vicio no es excepcional. Así, y a título de ejemplo: Barbaridades en la TV pública, Gazapos impresentables, Saber y errar y muchos más.




