Una figura inquieta y erudita, Joaquín Lorenzo Villanueva y Astengo recorrió con igual intensidad la Iglesia, la política y las letras, dejando una vida marcada por cátedras, púlpitos, disputas ideológicas y un exilio que convirtió su escritura en refugio y testimonio.
Joaquín Lorenzo Villanueva. Inicios
Nacido en Játiva el 10 de agosto de 1757, Joaquín Lorenzo Villanueva, hijo de aragonés e italiana, creció en el seno de una familia estrechamente ligada a las letras, la política y el clero.
Su trayectoria académica fue precoz y rigurosa: se graduó en Artes en la Universidad de Valencia en 1772 y obtuvo el doctorado en Teología en 1776. A partir de entonces, su vida se bifurcó entre la enseñanza —como catedrático de Filosofía en Orihuela y profesor de Teología en Salamanca— y el compromiso eclesiástico, que culminó con su ordenación sacerdotal en 1782.
Iglesia, política y escritura
Villanueva fue predicador real y calificador del Santo Oficio durante veinticinco años, hasta que los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 lo empujaron a abandonar Madrid a pie, dejando atrás su casa y su biblioteca.
Su testimonio de aquel éxodo, recogido en Vida literaria, revela una conciencia aguda del conflicto entre lealtad religiosa y resistencia política. En Sevilla, ya como canónigo de Cuenca, se volcó en la vida parlamentaria: fue diputado por Valencia en tres legislaturas y ministro plenipotenciario ante la Santa Sede, aunque su candidatura la rechazó el papa.
Su evolución ideológica —del absolutismo fernandino al liberalismo moderado— le valió el castigo del monarca, el rechazo eclesiástico y finalmente el exilio. Desde Gibraltar, pasó por Tánger y recaló en Dublín y Londres, donde vivió de traducciones, pensiones y la ayuda de comités de exiliados. En ese destierro, su pluma se volvió aún más prolífica y combativa: publicó obras religiosas, políticas y autobiográficas, y dejó constancia casi diaria de su vida y pensamiento.
Villanueva en la RAE
Su relación con la RAE fue tan temprana como intermitente. Fue miembro honorario el 23 de julio de 1793 y supernumerario el 19 de septiembre del mismo año. Tres años después, el 13 de diciembre de 1796, fue elegido académico de número, sustituyendo en la silla X a Rejón de Silva. En 1808, tras la renuncia de Juan Crisóstomo Ramírez, fue bibliotecario, aunque nunca ejerció el cargo, que ocupó solo nominalmente hasta 1817.
La vida errante de Villanueva, marcada por destierros, prisiones y tareas políticas y religiosas, lo mantuvo alejado de la Academia. Alonso Zamora lo describe como siempre a salto de mata y aunque su presencia fue escasa, no dejó de percibir los gajes correspondientes. También fue miembro de la Real Academia de la Historia desde 1804.
Sus últimos años
Villanueva murió exiliado en Dublín el 26 de marzo de 1837. Sus restos reposan en el cementerio de Glasnevin y su legado —alborotador, polémico, lúcido— permanece en sus escritos, especialmente en su autobiografía Vida literaria, que ofrece una mirada directa y valiosa sobre los conflictos religiosos y políticos de su tiempo.
Fue un hombre de letras, de fe y de acción, cuya vida osciló entre el púlpito, el estrado y la pluma, siempre con una conciencia crítica y una voz propia.
NOTA. En las efemérides de 25 de marzo, hay una mayor información sobre Joaquín Lorenzo Villanueva.




