Llamamos agua dulce al agua no salada, pero el término resulta, como mínimo, intrigante. ¿Por qué usamos la palabra dulce para referirnos a algo que no sabe a azúcar ni pretende hacerlo? La expresión parece sencilla, aunque esconde una historia lingüística y cultural que merece ser explicada.
¿Qué es el agua dulce?
En el uso cotidiano, agua dulce designa toda agua con muy baja concentración de sales disueltas, en contraste con el agua de mar y el agua salobre. Desde un punto de vista técnico, suele definirse como el agua que contiene menos de unas 500 partes por millón de sales disueltas, umbral empleado en hidrología y gestión del agua. Esto incluye el agua de ríos, lagos, acuíferos y buena parte del agua de lluvia que, tras filtrarse en el suelo o alimentar corrientes superficiales, se convierte en la base del abastecimiento humano.
La aparente paradoja está en el adjetivo dulce: la mayoría de estas aguas nos saben prácticamente neutras, ni dulces ni saladas en el sentido gustativo. Sin embargo, en muchas lenguas europeas se ha utilizado históricamente un término equivalente a dulce para oponerlo a salado, sin que ello implique presencia de azúcar. El punto clave no es que el agua tenga sabor dulce, sino que carece del intenso sabor salino del agua de mar, por lo que resulta mucho más agradable y, sobre todo, apta para beber.
Raíces históricas y culturales
Las fuentes históricas muestran que ya en la Antigüedad se distinguía claramente entre el agua salada del mar y el agua que hoy llamamos dulce, asociada a ríos, manantiales y lluvia.
En la tradición médica y filosófica griega, por ejemplo, el agua de lluvia y la de manantial se valoraban como las más puras y beneficiosas para la salud, mientras que el agua salada se veía como impropia para el consumo directo. Esta jerarquía se mantuvo durante siglos, alimentando la idea de que el agua sin sal era un bien preciado, ligado a fertilidad, limpieza y vida cotidiana.
En muchas culturas, el esfuerzo por endulzar el agua del mar —es decir, eliminarle las sales— aparece muy temprano en la historia, lo que refuerza la asociación conceptual entre quitar sal y dulcificar. De hecho, en varias lenguas la desalinización se nombra literalmente como una operación de endulzar el agua, lo que confirma que el contraste semántico fundamental es dulce/salado, no dulce/insípido. En español, agua dulce se entiende así como agua no salada de modo que el adjetivo funciona por contraste y por tradición cultural, más que como descripción sensorial precisa.
Sentido moderno del concepto
En la ciencia actual, el término conserva esa raíz histórica, pero se usa con un significado más preciso y operativo.
El agua dulce es la fracción del agua del planeta con baja salinidad, que apenas alcanza alrededor del 2,5% del total y de la que solo una parte es accesible fácilmente.
Sobre esta pequeña reserva descansa la mayor parte del consumo humano, agrícola e industrial, de ahí la importancia de distinguirla con claridad del agua salada de los océanos.
Así, aunque la etiqueta dulce pueda resultar engañosa a primera vista, sigue siendo útil como categoría técnica y como reflejo de una larga historia lingüística en la que lo dulce simboliza lo bebible frente a lo salado.




