Llamar poderosamente la atención es una de esas fórmulas que sobreviven no por su precisión, sino por su inercia. Se repite porque ya estaba ahí, porque suena a frase hecha, porque parece dotar de énfasis a lo que, en realidad, no lo tiene.
El problema no es el adverbio en sí, sino el modo en que ha colonizado un territorio expresivo que podría resolverse con palabras más exactas, más limpias, más nuestras. Poderosamente funciona como un amplificador automático: no añade significado, solo volumen. Y, como ocurre con todo lo que se usa sin pensar, termina por vaciarse.
Poderosamente: el énfasis como muleta
El adverbio poderosamente nació para intensificar, no para rellenar. Sin embargo, en esta expresión se ha convertido en una muleta retórica que sustituye a la observación concreta.
En lugar de explicar por qué algo llama la atención, se declara que lo hace poderosamente, como si el adverbio bastara para justificar el interés. Es un atajo: evita el análisis, evita la precisión y evita la responsabilidad de describir. El hablante se refugia así en una intensidad genérica que no compromete a nada.
Un adverbio sin vida fuera de su jaula
Lo más llamativo —y aquí sí vale la palabra— es que poderosamente apenas vive fuera de esta expresión. No decimos que alguien trabaja poderosamente, ni que llueve poderosamente, ni que un argumento convence poderosamente.
El adverbio ha quedado atrapado en una única función, como si la lengua lo hubiera confinado a un corralito semántico del que no puede salir. Esto revela que no estamos ante un recurso expresivo, sino ante un fósil: una pieza fija, repetida, que ya no se analiza porque se pronuncia en automático.
La coletilla que disimula la falta de contenido
Cuando un periodista, un político o un opinador dice que algo llama poderosamente la atención, suele estar encubriendo una falta de sustancia. La frase opera como un comodín: sugiere que hay algo notable, pero no lo identifica; promete una revelación, pero no la entrega. Es una forma de énfasis sin objeto, de intensidad sin motivo. Y, como toda coletilla, se desgasta por exceso de uso hasta convertirse en ruido.
Como decíamos en ¿Modas expresivas? Coletillas y muletillas estamos ante expresiones que ganan popularidad rápidamente y se utilizan en conversaciones cotidianas, a menudo sin una reflexión sobre su significado. Dicho de otra forma, nos entrenamos para ser el mejor lorito de la historia.
Poderosamente. ¿Hay alternativa?
La crítica no es al adverbio, sino al hábito. La lengua ofrece infinitas maneras de expresar sorpresa, interés o extrañeza sin recurrir a un intensificador vacío.
Lo que se reclama no es prohibir la fórmula, sino devolverle a la expresión su sentido: si algo llama la atención, expliquemos por qué; si algo sorprende, digámoslo sin artificio; si algo merece énfasis, que lo gane por su contenido, no por un adverbio que ya no significa nada.




