Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa. Montesquieu.
Primacía de la justicia
Esta cita plantea una distinción esencial entre legalidad y justicia. No todo lo codificado en normas jurídicas posee legitimidad moral. Esta afirmación se inscribe en una tradición filosófica que remonta al derecho natural, donde la justicia se concibe como un principio anterior y superior al orden legal positivo.
Montesquieu, influido por el racionalismo ilustrado, sostiene que las leyes deben emanar de la razón y del respeto por la dignidad humana. La ley no es un instrumento de poder arbitrario, sino una expresión racional del bien común. Por tanto, si una ley contradice la justicia, pierde su legitimidad, aunque conserve su vigencia formal.
Este pensamiento se opone a la concepción positivista del derecho, que identifica la ley con la norma promulgada por la autoridad competente, independientemente de su contenido ético. Montesquieu, en cambio, exige que la ley se someta al juicio de la justicia, entendida como valor universal. Es la brújula moral que debe guiar al legislador, al juez y al ciudadano.
Legalidad sin legitimidad
La primacía de la justicia cobra especial relevancia en ámbitos donde el orden jurídico se utiliza para perpetuar desigualdades, reprimir libertades o consolidar privilegios. La historia está llena de leyes que fueron legales pero profundamente injustas: desde la esclavitud hasta las leyes raciales, pasando por regímenes autoritarios que se ampararon en la legalidad para silenciar la disidencia. Sin olvidarnos, claro, de las actuales aprobadas en España por el régimen oclócrata de Sánchez y sus destructores acompañantes.
Montesquieu nos invita a no confundir obediencia con justicia. La ciudadanía crítica debe evaluar las leyes no solo por su origen institucional, sino por su contenido ético. Esta perspectiva es vital en democracias modernas, donde el respeto por los derechos humanos y la equidad social deben ser el criterio último de toda legislación.
En los tribunales, esta cita interpela a jueces y juristas: aplicar la ley no basta si no se interpreta desde una conciencia ética. La justicia no puede ser una máquina fría de normas; debe ser una práctica viva que se ajusta a los principios de equidad, dignidad y libertad. La legalidad sin legitimidad es una forma sofisticada de opresión.
Montesquieu
Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu, fue uno de los grandes arquitectos del pensamiento político moderno. Su obra El espíritu de las leyes (1748) revolucionó la teoría del poder al proponer la separación de funciones legislativas, ejecutivas y judiciales como garantía contra el despotismo. Su influencia se extiende hasta las constituciones contemporáneas, especialmente la estadounidense y la francesa.
Montesquieu no fue un revolucionario sino un reformista lúcido que entendía que el poder debía ser limitado por el derecho y la razón. Su estilo, sobrio y penetrante, combina observación empírica con reflexión filosófica. Fue un defensor de la moderación, la libertad y la justicia como pilares de la vida política.
No buscaba revoluciones violentas. Su pensamiento entendía que la libertad no es licencia, sino equilibrio; que la ley no es poder, sino razón; que la justicia no es un ideal lejano, sino una exigencia inmediata.
Y sin embargo, como dijo Alfonso Guerra en una frase que se ha vuelto amarga: Montesquieu ha muerto. No se refería a su fallecimiento físico, sino a la muerte simbólica de sus principios en la práctica política. La separación de poderes, tantas veces invocada, es a menudo ignorada, manipulada o vaciada de contenido. Lo mismo le ocurre a la sentencia que hoy presentamos en nuestras Citas. Y es que hay mucha gente que se afana en asesinar al barón…
Montesquieu ha muerto, sí. Pero debería estar muy viva la primacía de la justicia. Su pensamiento sigue siendo un faro que alumbra a quienes creen que la ley debe servir a la justicia, y no al poder.